Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'
Vecino. El mérito no se pega en la foto.
O de cómo aparecer junto a un pueblo que da resultados no demuestra que se sepa gobernarlo.
Vecino,
hay una escena que se repite tanto que acabamos mirándola sin verla: el pueblo consigue algo y la política aparece a su lado en la fotografía.
Vemos quién recoge el reconocimiento.
Los años de trabajo que lo hicieron posible quedan fuera del instante.
Esta semana, Calp ha recogido en Madrid el distintivo nacional de sus fiestas de Moros y Cristianos.
Detrás hay una asociación,
unas filaes y generaciones que han sabido organizarse,
sostener una tradición y entregarla viva a quienes venían después.
El mérito llevaba mucho tiempo trabajando antes de que llegara la hora de posar.
Por eso, después de mirar con quién salen,
habrá que mirar qué sacan adelante.
El reconocimiento distingue una fiesta. La imagen deja a sus representantes rodeados de lo mejor que el pueblo ha sabido hacer.
Y esa cercanía puede dar mucho de sí.
Una buena noticia para Calp puede acabar pareciendo una buena nota para sus gobernantes. El esfuerzo colectivo pone el resultado; la fotografía permite compartir su brillo.
Ahí conviene separar las cuentas.
Porque ese mismo pueblo tiene que encontrar vivienda, contar con servicios y construir un futuro aquí. Y para valorar esa gestión habrá que mirar qué recibe, además de lo bien que queda representado.
Empecemos por la vivienda.
Hay calpinos que no se marchan porque hayan encontrado una vida mejor. Se marchan porque no pueden pagar la que tenían aquí.
El trabajo puede seguir en Calp. La familia, también. Los amigos, los recuerdos, toda una vida. Pero cuando el precio deja de caber en el sueldo, quien tiene que buscar otro sitio es el vecino.
Y eso también afecta a la continuidad de un pueblo.
Porque una tradición se transmite de padres a hijos, pero el relevo generacional necesita algo más que aprender a querer Calp. Necesita dónde vivir.
Después podremos pedir a los jóvenes que mantengan las costumbres, participen y sostengan lo que recibieron.
Convendría dejarles sitio.
Mientras tanto, seguiremos hablando de pertenencia.
Él tendrá que organizar la distancia.
A esa salida se le podrán encontrar explicaciones de mercado. Lo que cuesta encontrarle es un motivo de orgullo político.
Y quedarse significa también vivir el verano, no solo enseñarlo.
En julio ya recogíamos las quejas por la basura. Mientras la ciudad desplegaba su programación, había vecinos reclamando algo bastante menos vistoso: limpieza.
El verano trae más actividad y más presión sobre los servicios. Precisamente por eso exige preparación.
Julio y agosto vienen impresos en el calendario. Debería dar tiempo a verlos llegar.
Porque cuando lo básico falla, al vecino le queda avisar, insistir y volver a reclamar. Poner tiempo para conseguir aquello que debería formar parte del funcionamiento habitual de su ciudad.
Hasta para pedir un servicio ordinario hay que hacer horas extraordinarias.
Una ciudad turística tiene que saber recibir. Y quien vive en ella tiene derecho a comprobar que también sabe funcionar cuando llegan todos.
La temporada alta también debería notarse en la capacidad de gestión.
Con el segundo centro de salud vimos otra forma de colocarse.
En el pleno que analizamos la semana pasada hubo reproches a los anteriores, recuerdos de lo que no hicieron los de antes y explicaciones sobre lo que corresponde a otra Administración.
Para localizar una culpa, qué lejos llega la memoria.
Con el mérito colectivo ocurre algo curioso: se pueden celebrar décadas de trabajo sin haber gobernado durante ellas. Pero cuando aparece una necesidad pendiente, enseguida empieza el deslinde de mandatos.
Para el orgullo, la historia entera.
Para las cuentas, que cada uno traiga su calendario.
Claro que importa quién debe hacer cada cosa. Precisamente para poder exigírsela.
El centro sigue pendiente. Y una explicación sobre lo que no hicieron otros no cumple la obligación que uno tiene ahora.
El vecino ya conoce bastantes versiones de quién no lo hizo.
Lo que sigue necesitando es el centro.
Vecino,
vuelve a mirar la fotografía.
Hay un reconocimiento merecido y mucha gente detrás.
Gente que ha sostenido una fiesta, transmitido una identidad y dado a Calp motivos para sentirse orgulloso.
Esa misma gente necesita poder quedarse, contar con servicios y recibir respuestas.
El trabajo del pueblo ya ha dado una fotografía a sus representantes políticos.
Que su gestión le dé al pueblo motivos para otra.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

Vecino,
hay una escena que se repite tanto que acabamos mirándola sin verla: el pueblo consigue algo y la política aparece a su lado en la fotografía.
Vemos quién recoge el reconocimiento.
Los años de trabajo que lo hicieron posible quedan fuera del instante.
Esta semana, Calp ha recogido en Madrid el distintivo nacional de sus fiestas de Moros y Cristianos.
Detrás hay una asociación,
unas filaes y generaciones que han sabido organizarse,
sostener una tradición y entregarla viva a quienes venían después.
El mérito llevaba mucho tiempo trabajando antes de que llegara la hora de posar.
Por eso, después de mirar con quién salen,
habrá que mirar qué sacan adelante.
El reconocimiento distingue una fiesta. La imagen deja a sus representantes rodeados de lo mejor que el pueblo ha sabido hacer.
Y esa cercanía puede dar mucho de sí.
Una buena noticia para Calp puede acabar pareciendo una buena nota para sus gobernantes. El esfuerzo colectivo pone el resultado; la fotografía permite compartir su brillo.
Ahí conviene separar las cuentas.
Porque ese mismo pueblo tiene que encontrar vivienda, contar con servicios y construir un futuro aquí. Y para valorar esa gestión habrá que mirar qué recibe, además de lo bien que queda representado.
Empecemos por la vivienda.
Hay calpinos que no se marchan porque hayan encontrado una vida mejor. Se marchan porque no pueden pagar la que tenían aquí.
El trabajo puede seguir en Calp. La familia, también. Los amigos, los recuerdos, toda una vida. Pero cuando el precio deja de caber en el sueldo, quien tiene que buscar otro sitio es el vecino.
Y eso también afecta a la continuidad de un pueblo.
Porque una tradición se transmite de padres a hijos, pero el relevo generacional necesita algo más que aprender a querer Calp. Necesita dónde vivir.
Después podremos pedir a los jóvenes que mantengan las costumbres, participen y sostengan lo que recibieron.
Convendría dejarles sitio.
Mientras tanto, seguiremos hablando de pertenencia.
Él tendrá que organizar la distancia.
A esa salida se le podrán encontrar explicaciones de mercado. Lo que cuesta encontrarle es un motivo de orgullo político.
Y quedarse significa también vivir el verano, no solo enseñarlo.
En julio ya recogíamos las quejas por la basura. Mientras la ciudad desplegaba su programación, había vecinos reclamando algo bastante menos vistoso: limpieza.
El verano trae más actividad y más presión sobre los servicios. Precisamente por eso exige preparación.
Julio y agosto vienen impresos en el calendario. Debería dar tiempo a verlos llegar.
Porque cuando lo básico falla, al vecino le queda avisar, insistir y volver a reclamar. Poner tiempo para conseguir aquello que debería formar parte del funcionamiento habitual de su ciudad.
Hasta para pedir un servicio ordinario hay que hacer horas extraordinarias.
Una ciudad turística tiene que saber recibir. Y quien vive en ella tiene derecho a comprobar que también sabe funcionar cuando llegan todos.
La temporada alta también debería notarse en la capacidad de gestión.
Con el segundo centro de salud vimos otra forma de colocarse.
En el pleno que analizamos la semana pasada hubo reproches a los anteriores, recuerdos de lo que no hicieron los de antes y explicaciones sobre lo que corresponde a otra Administración.
Para localizar una culpa, qué lejos llega la memoria.
Con el mérito colectivo ocurre algo curioso: se pueden celebrar décadas de trabajo sin haber gobernado durante ellas. Pero cuando aparece una necesidad pendiente, enseguida empieza el deslinde de mandatos.
Para el orgullo, la historia entera.
Para las cuentas, que cada uno traiga su calendario.
Claro que importa quién debe hacer cada cosa. Precisamente para poder exigírsela.
El centro sigue pendiente. Y una explicación sobre lo que no hicieron otros no cumple la obligación que uno tiene ahora.
El vecino ya conoce bastantes versiones de quién no lo hizo.
Lo que sigue necesitando es el centro.
Vecino,
vuelve a mirar la fotografía.
Hay un reconocimiento merecido y mucha gente detrás.
Gente que ha sostenido una fiesta, transmitido una identidad y dado a Calp motivos para sentirse orgulloso.
Esa misma gente necesita poder quedarse, contar con servicios y recibir respuestas.
El trabajo del pueblo ya ha dado una fotografía a sus representantes políticos.
Que su gestión le dé al pueblo motivos para otra.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.


























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