Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'
Vecino. En verano hasta trabajar molesta.
O de cómo Calp protege la postal turística mientras aprieta al vecino que la levanta, la repara y la paga.
Vecino,
en Calp hay una clase de ruido que molesta más que los demás.
No es el de la pantalla gigante.
No es el de la fiesta.
No es el de la terraza llena.
No es el del verano cuando llena la playa, la calle y la noche.
Es el ruido del que trabaja.
El del albañil.
El del pintor.
El del fontanero.
El del electricista.
El del mantenimiento.
El del autónomo que no tiene tres meses para desaparecer ni un sueldo asegurado esperando intacto a final de mes.
El de quien vuelve a subirse a una escalera cuando el calor ya cae de frente.
Ese ruido, cuando llega julio, empieza a sobrar.
Pero sin ese ruido, vecino, la postal ni se levanta ni se mantiene.
No se trata de defender el ruido por el ruido.
Por eso conviene no confundir ruido con capricho.
Aquí nadie discute que haya que descansar.
Nadie discute que haya que ordenar la convivencia.
Nadie discute que una obra pueda molestar.
Lo que se discute es otra cosa.
Se discute por qué el ruido de la fiesta se llama ambiente.
Por qué el de la pantalla gigante se llama programación.
Por qué el de la terraza se llama verano.
Y por qué el ruido del trabajador se convierte tan rápido en problema.
Se discute por qué, cuando llega el momento de repartir el coste del verano, casi siempre le toca al mismo.
Al que vive aquí.
Al que trabaja aquí.
Al que paga aquí.
Al que no puede cerrar julio y agosto como si la vida real también tuviera temporada baja.
La ordenanza parece sencilla cuando se lee desde una mesa.
Julio, septiembre, franjas horarias, descanso, ruido, convivencia.
Todo ordenado.
Todo razonable.
Todo limpio.
Hasta que la norma baja del papel a la calle.
Hasta que alguien tiene que poner el cuerpo.
Hasta que un autónomo mira el calendario y entiende que agosto se le cierra delante.
Hasta que una cuadrilla parte la jornada y vuelve a trabajar cuando el sol cae de frente.
Hasta que una pequeña empresa tiene que explicar a sus clientes que la misma ciudad que necesita reformas ha decidido que reformar molesta.
Entonces la palabra convivencia empieza a sonar distinta.
Porque regular no es paralizar.
Y ordenar no debería ser siempre mandar callar al que trabaja.
Porque esta medida no habla solo de obras.
Habla de una ciudad que, cuando llega el verano, parece tener muy claro a quién debe cuidar y muy poco claro a quién está cargando el coste de ese cuidado.
Calp corta cintas para la ciudad que se vende.
Pero corta horarios a la ciudad que trabaja.
Aplaude al comercio cuando abre.
Celebra la inversión cuando llega.
Da la bienvenida al emprendedor cuando corta la cinta.
Anuncia fondos cuando llegan.
Enseña paseos cuando se proyectan.
Programa pantallas, fiestas y eventos cuando toca enseñar verano.
Y todo eso está bien.
Pero falta una pregunta.
La pregunta es qué pasa cuando aparece el polvo, la radial, la escalera, el andamio, la avería, la reforma o la furgoneta de quien mantiene esa misma ciudad en pie.
Ya no se habla de impulso.
Se habla de molestia.
Una cosa es la ciudad que se fotografía.
Otra, la ciudad que se levanta con las manos.
La postal turística necesita trabajadores.
Pero los quiere invisibles.
Y hay algo que la foto nunca debería olvidar:
esa postal no se levanta sola.
El verano no es el problema.
El problema es que el verano de Calp tiene una factura.
Y casi nunca la paga quien sale en la foto.
La paga el vecino que busca alquiler y descubre que vivir en su pueblo empieza a parecer un lujo.
La paga el autónomo que mira agosto y ve un agujero en la agenda.
La paga el trabajador que parte la jornada y vuelve al andamio cuando otros bajan a la playa.
La paga el pequeño comercio que escucha discursos sobre turismo mientras pelea recibos, tasas y margen.
La paga quien vive aquí cuando no hay postal, y también en julio, cuando la postal vuelve a pedirle que moleste menos.
Por eso conviene decirlo claro.
El problema no es el verano.
El problema es que, en Calp, el coste del verano casi siempre acaba en las mismas manos:
las de quien trabaja, paga y no puede desaparecer cuando empieza la temporada.
Y cuando ese mismo vecino hace ruido para trabajar, la ciudad cambia de oído.
Hay ruidos que en Calp tienen buena prensa.
El ruido de la pantalla gigante se llama programación.
El ruido de la terraza se llama verano.
El ruido de la fiesta se llama ambiente.
El ruido de la música se llama cultura.
Pero el ruido del trabajador cambia rápido de nombre.
Se llama molestia.
Se llama problema.
Se llama restricción.
Se llama «ahora no».
Se llama «en agosto, no».
Y quizá ahí está la verdad más incómoda de la semana:
no molesta solo el ruido.
Molesta quién lo hace.
Vecino,
la postal no se levanta sola.
Alguien la limpia.
Alguien la repara.
Alguien la construye.
Alguien la paga.
Debajo de cada verano feliz hay alguien que paga el coste.
Y cuando llega julio, a quien sostiene esa postal no se le puede tratar como si fuera el ruido que sobra en ella.
Si en verano hasta trabajar molesta, quizá el problema no está en quien trabaja.
Quizá está en una ciudad que llama convivencia a cargar siempre al mismo con el precio de la postal.
Y luego le pide silencio.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

Vecino,
en Calp hay una clase de ruido que molesta más que los demás.
No es el de la pantalla gigante.
No es el de la fiesta.
No es el de la terraza llena.
No es el del verano cuando llena la playa, la calle y la noche.
Es el ruido del que trabaja.
El del albañil.
El del pintor.
El del fontanero.
El del electricista.
El del mantenimiento.
El del autónomo que no tiene tres meses para desaparecer ni un sueldo asegurado esperando intacto a final de mes.
El de quien vuelve a subirse a una escalera cuando el calor ya cae de frente.
Ese ruido, cuando llega julio, empieza a sobrar.
Pero sin ese ruido, vecino, la postal ni se levanta ni se mantiene.
No se trata de defender el ruido por el ruido.
Por eso conviene no confundir ruido con capricho.
Aquí nadie discute que haya que descansar.
Nadie discute que haya que ordenar la convivencia.
Nadie discute que una obra pueda molestar.
Lo que se discute es otra cosa.
Se discute por qué el ruido de la fiesta se llama ambiente.
Por qué el de la pantalla gigante se llama programación.
Por qué el de la terraza se llama verano.
Y por qué el ruido del trabajador se convierte tan rápido en problema.
Se discute por qué, cuando llega el momento de repartir el coste del verano, casi siempre le toca al mismo.
Al que vive aquí.
Al que trabaja aquí.
Al que paga aquí.
Al que no puede cerrar julio y agosto como si la vida real también tuviera temporada baja.
La ordenanza parece sencilla cuando se lee desde una mesa.
Julio, septiembre, franjas horarias, descanso, ruido, convivencia.
Todo ordenado.
Todo razonable.
Todo limpio.
Hasta que la norma baja del papel a la calle.
Hasta que alguien tiene que poner el cuerpo.
Hasta que un autónomo mira el calendario y entiende que agosto se le cierra delante.
Hasta que una cuadrilla parte la jornada y vuelve a trabajar cuando el sol cae de frente.
Hasta que una pequeña empresa tiene que explicar a sus clientes que la misma ciudad que necesita reformas ha decidido que reformar molesta.
Entonces la palabra convivencia empieza a sonar distinta.
Porque regular no es paralizar.
Y ordenar no debería ser siempre mandar callar al que trabaja.
Porque esta medida no habla solo de obras.
Habla de una ciudad que, cuando llega el verano, parece tener muy claro a quién debe cuidar y muy poco claro a quién está cargando el coste de ese cuidado.
Calp corta cintas para la ciudad que se vende.
Pero corta horarios a la ciudad que trabaja.
Aplaude al comercio cuando abre.
Celebra la inversión cuando llega.
Da la bienvenida al emprendedor cuando corta la cinta.
Anuncia fondos cuando llegan.
Enseña paseos cuando se proyectan.
Programa pantallas, fiestas y eventos cuando toca enseñar verano.
Y todo eso está bien.
Pero falta una pregunta.
La pregunta es qué pasa cuando aparece el polvo, la radial, la escalera, el andamio, la avería, la reforma o la furgoneta de quien mantiene esa misma ciudad en pie.
Ya no se habla de impulso.
Se habla de molestia.
Una cosa es la ciudad que se fotografía.
Otra, la ciudad que se levanta con las manos.
La postal turística necesita trabajadores.
Pero los quiere invisibles.
Y hay algo que la foto nunca debería olvidar:
esa postal no se levanta sola.
El verano no es el problema.
El problema es que el verano de Calp tiene una factura.
Y casi nunca la paga quien sale en la foto.
La paga el vecino que busca alquiler y descubre que vivir en su pueblo empieza a parecer un lujo.
La paga el autónomo que mira agosto y ve un agujero en la agenda.
La paga el trabajador que parte la jornada y vuelve al andamio cuando otros bajan a la playa.
La paga el pequeño comercio que escucha discursos sobre turismo mientras pelea recibos, tasas y margen.
La paga quien vive aquí cuando no hay postal, y también en julio, cuando la postal vuelve a pedirle que moleste menos.
Por eso conviene decirlo claro.
El problema no es el verano.
El problema es que, en Calp, el coste del verano casi siempre acaba en las mismas manos:
las de quien trabaja, paga y no puede desaparecer cuando empieza la temporada.
Y cuando ese mismo vecino hace ruido para trabajar, la ciudad cambia de oído.
Hay ruidos que en Calp tienen buena prensa.
El ruido de la pantalla gigante se llama programación.
El ruido de la terraza se llama verano.
El ruido de la fiesta se llama ambiente.
El ruido de la música se llama cultura.
Pero el ruido del trabajador cambia rápido de nombre.
Se llama molestia.
Se llama problema.
Se llama restricción.
Se llama «ahora no».
Se llama «en agosto, no».
Y quizá ahí está la verdad más incómoda de la semana:
no molesta solo el ruido.
Molesta quién lo hace.
Vecino,
la postal no se levanta sola.
Alguien la limpia.
Alguien la repara.
Alguien la construye.
Alguien la paga.
Debajo de cada verano feliz hay alguien que paga el coste.
Y cuando llega julio, a quien sostiene esa postal no se le puede tratar como si fuera el ruido que sobra en ella.
Si en verano hasta trabajar molesta, quizá el problema no está en quien trabaja.
Quizá está en una ciudad que llama convivencia a cargar siempre al mismo con el precio de la postal.
Y luego le pide silencio.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.



























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