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Lunes, 29 de Junio de 2026

Actualizada Lunes, 29 de Junio de 2026 a las 13:09:20 horas

Lunes, 29 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:
Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'

Vecino. El fuego cambió de dueño.

O de cómo una tradición popular acabó convertida en cartel, dron y vigilancia.

Vecino,
hay tradiciones que no se aprenden leyendo un cartel.

 

Se aprenden con el cuerpo.

 

Con el calor en la cara. Con la arena bajo los pies. Con el salto torpe de un niño que mira la hoguera y siente, por primera vez, que la noche pertenece a todos. San Juan era eso: una pequeña comunión popular alrededor del fuego. No perfecta. No limpia. No exenta de riesgo. Pero viva.

 

Ahora el fuego no ha desaparecido.
Solo ha sido apartado del vecino.

 

Entre una valla, una prohibición, un dron y una pantalla.

 

El fuego no era solo fuego.

 

Era centro.
Era llamada.

 

Era una forma antigua de reunirse, en común, sin pedir demasiadas explicaciones.
Por eso duele más verlo convertido en objeto administrado: encendido por unos, contemplado por otros, vigilado desde arriba y narrado después como si nada esencial se hubiera perdido.

 

El fuego cambió de dueño.
Y con él cambió también la noche.

 

La secuencia fue perfecta.

 

Primero se prohibió el fuego del vecino.
Luego se encendió el fuego permitido.
Después se levantó la valla.
Luego voló el dron.
Después apareció la pantalla.

 

Y, casi al mismo tiempo, se anunció otra capa: treinta cámaras nuevas, ciento cincuenta mil euros, lectura de matrículas, centro de control y vigilancia en puntos estratégicos.

 

No es solo San Juan.
Nadie discute que una ciudad deba ordenar una noche complicada. Lo que se discute es cuándo ordenar empieza a sustituir a vivir.
Es una forma de gobernar: quitar lo espontáneo, sustituirlo por dispositivo y llamarlo seguridad.

 

El problema no es la norma.
El problema es el alma que se pierde cuando la norma ocupa el lugar de la costumbre.
El problema no es prevenir el riesgo, sino que la prevención termine sustituyendo el rito.
El problema no es una cámara.
El problema es una ciudad que empieza a aceptar que todo debe ser mirado desde arriba para poder seguir funcionando abajo.
Porque cuando la confianza desaparece, el poder siempre encuentra una palabra noble para cubrir el hueco.
A veces la llama seguridad.
A veces convivencia.
A veces modernización.

 

Pero el hueco sigue ahí.

 

Esa es la trampa.

 

Para vender Calp, todo son experiencias.
Para vivir Calp, todo son instrucciones.
Para gobernarlo, cada vez más pantallas.

 

Calp se vende como libertad de verano, pero se administra como recinto.

 

Se vende como postal abierta, pero se vive entre señales.
Se anuncia como fiesta, pero se organiza como operativo.
Se invoca la convivencia, pero se parte de la sospecha.

 

Y al final el vecino entiende el mensaje: la ciudad es hermosa para mirarla, rentable para venderla y peligrosa para dejarla vivir sin supervisión.

 

El fuego era peligroso, sí. Pero también lo es una ciudad que solo sabe proteger lo que antes sabía compartir.

 

Lo más grave no es que cambie una noche.
Lo más grave es que cambie la memoria que esa noche deja.

 

El coste no lo paga solo el vecino de hoy.

 

Lo pagarán también los niños que crezcan creyendo que San Juan fue siempre esto: una noche de vallas, órdenes, cámaras, drones y fuego lejano.

 

No sabrán lo que era acercarse con miedo y risa.
No sabrán lo que era saltar.
No sabrán lo que era sentir que la playa, por una noche, no era un espacio gestionado sino un lugar común.

 

Y cuando una generación deja de vivir una tradición, la siguiente ya no la pierde.
Simplemente no la conoce.

 

San Juan puede conservar su nombre.
Pero habrá perdido su transmisión.

 

Vecino,

 

quizá algún día un niño pregunte qué era San Juan.

 

Y alguien le dirá que era una noche de fuego, de arena, de saltos, de miedo pequeño y de gente alrededor de una hoguera.

Pero si ese niño solo ha conocido vallas, drones, pantallas y prohibiciones, no estará escuchando una tradición.

 

Estará escuchando una pérdida.
Porque las tradiciones no mueren siempre de golpe.

 

A veces conservan el nombre.
A veces conservan la foto.
A veces incluso conservan un fuego encendido detrás de una valla.

 

Pero mueren cuando dejan de pertenecer a quienes las vivían.

 

Y cuando una tradición deja de pertenecer al vecino, ya no basta con encender una llama para decir que sigue viva.

 

No desapareció el fuego.
Cambió de dueño.

 

Y una ciudad que deja de confiar en su gente puede estar muy controlada.
Pero no necesariamente mejor gobernada.

 

Una vez leído,
no podrá ser desleído.

 

AVE CALPINVS.

 

Francisco Ramón Perona García

 

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

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