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Lunes, 15 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:
Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'

Vecino. Cuando se acaba el número, empieza la verdad.

O de cómo una sola votación recordó al poder que contar no es convencer.

Vecino,

 

el poder rara vez se descubre cuando gana.
Cuando gana, sonríe.
Cuando gana, reparte fotografías.
Cuando gana, llama estabilidad a su propia comodidad.
El poder se descubre cuando pierde.
No hace falta una dimisión.
No hace falta una sentencia.
No hace falta una gran escena de ruptura.
A veces basta una votación.
Una sola.
Esta semana, en Calp, no cayó ningún gobierno.
Pero crujió una costumbre.
La costumbre de confundir votos con razón.
Y cuando se acaba el número, empieza la verdad.

 

La votación concreta casi era lo de menos.
Lo verdaderamente incómodo fue otra cosa: el poder descubrió que ya no podía entrar al pleno con el resultado en el bolsillo.
Durante años, demasiados debates terminaron antes de empezar.
Se discutía, sí.
Se hablaba, sí.
Se escenificaba conflicto, también.
Pero el desenlace estaba decidido antes de escuchar al primero.
Eso no es diálogo.
Es costumbre de mando.

Esta semana, por primera vez, el pleno dejó de ser una ratificación automática.
Y eso duele más que una derrota.
Porque una derrota se explica.
La pérdida de control se delata.

 

Toda mayoría tiene una tentación.
Creer que el número no solo permite gobernar, sino también dejar de escuchar.
Al principio, la mayoría parece mandato.
Después, parece estabilidad.
Más tarde, si nadie la controla, empieza a parecer derecho natural.
Y ahí comienza el deterioro.
Porque una cosa es tener votos para aprobar.
Otra muy distinta es creer que esos votos convierten cada explicación en innecesaria, cada crítica en ruido y cada límite en una agresión.
Eso es lo que esta semana empezó a romperse.
No una legislatura.
No una alcaldía.
No una institución.

 

Se rompió algo más silencioso: la sensación de que el poder podía entrar al pleno con la razón ya escrita en el bolsillo.
Y por eso dolió.
Porque no se perdió solo una votación.
Se perdió una costumbre.

Y quien se acostumbra a ganar sin convencer, cuando pierde no sabe si negociar o enfadarse.

 

Entonces llegó la palabra de siempre.
La palabra “bloqueo” es cómoda.
Sirve para no explicar.
Sirve para no negociar.
Sirve para convertir cualquier límite en amenaza y cualquier discrepancia en ataque.
Cuando el poder gana, lo llama estabilidad.
Cuando el poder pierde, lo llama bloqueo.

Pero el pleno no existe para obedecer al gobierno.
Existe para ponerlo a prueba.
Y si una mayoría solo funciona cuando nadie la contradice, quizá el problema no está en quien vota distinto.
Quizá el problema estaba en quien se había acostumbrado a mandar sin convencer.

 

El diálogo es una palabra preciosa.
Por eso conviene desconfiar cuando el poder la pronuncia tarde.
Durante años, cuando el número alcanzaba, el diálogo podía ser decorado.
Una palabra amable.
Una cortesía institucional.
Una frase para cerrar discursos.
Pero cuando el número ya no alcanza, el diálogo deja de ser adorno.
Se convierte en obligación.
Ahí se ve quién sabe gobernar y quién solo sabía sumar.
Quien sabía dialogar, negocia.
Quien solo sabía mandar, se enfada.
Quien confundía mayoría con propiedad, llama bloqueo a que otros también cuenten.
Y quien se había acostumbrado a ganar sin convencer descubre, de golpe, que la democracia no era el resultado.
Era el camino.

 

Esta semana, Calp no vio solo una votación. Vio una pregunta.
Si el poder ya no puede imponer como antes, ¿sabrá hablar como nunca quiso?
Y mientras tanto, el vecino mira.
Mira el pleno.
Mira las acusaciones.
Mira los comunicados.
Mira cómo una votación se convierte en batalla de relatos.
Pero el vecino no vive de mayorías.
Vive de respuestas.

Vive de saber cuánto paga, por qué lo paga y quién le explica el recibo.
Vive de servicios que funcionen, de expedientes comprensibles, de recibos explicados, de calles que no se abandonen y de decisiones que no lleguen envueltas en propaganda.
Vive de una pregunta sencilla:
si ahora nadie puede imponer solo, ¿empezará alguien a explicar mejor?

 

Vecino,

 

no se hundió nada.
Solo se rompió una costumbre.
La de creer que gobernar era contar antes de escuchar.
La de llamar estabilidad a una mayoría cómoda.
La de llamar bloqueo a cualquier límite.
Esta semana el poder no perdió el Ayuntamiento.
Perdió algo más difícil de recuperar:
la sensación de que siempre bastaría con sumar.
Y cuando sumar deja de bastar, vecino, empieza la verdad.

 

Una vez leído,
no podrá ser desleído.

 

AVE CALPINVS.

 

Francisco Ramón Perona García

 

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

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