Noticias de la Marina Alta
Opinión: 'Cuarenta aniversario del proceso de adhesión de España a la Unión Europea'
Hoy, al conmemorar el 40º aniversario del proceso de adhesión de España a la Unión Europea, este país se mira al espejo y apenas se reconoce. La integración no fue un evento, sino un proceso catalizador que comprimió siglos de modernización en apenas cuatro décadas.
España celebra hoy su metamorfosis de nación aislada a motor estratégico de la Unión Europea, demostrando el éxito de una integración que cambió el ADN de una sociedad.
Tras el régimen franquista, la solicitud formal de ingreso en 1977 se convirtió en el objetivo prioritario de todos los gobiernos de la democracia. La adhesión funcionó como un ancla de estabilidad y no es casualidad que el impulso definitivo se produjera tras el fallido golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981. La clase política española entendió que la pertenencia a la CEE era el blindaje definitivo contra cualquier tentación involucionista. Europa era el sinónimo de libertad.
Sin embargo, la acogida no fue de alfombra roja, aunque el precio de la entrada, por alto que fuera, era inferior al coste de seguir fuera.
A diferencia de la posguerra mundial, España sí tuvo su plan de reconstrucción gracias a los Fondos de Cohesión y los Fondos Estructurales. Durante décadas, el país fue el principal beneficiario de la solidaridad europea, lo que no solo se tradujo en la construcción de la mayor red de alta velocidad ferroviaria de Europa o en autopistas que articularon el territorio, sino en una modernización invisible pero determinante.
Como señala el Consejo Económico y Social (CES), estos fondos permitieron financiar la formación de millones de trabajadores, la depuración de aguas, la protección de parques naturales o la digitalización temprana de la administración.
El ingreso en el euro, analizado con rigor por Von Zeschau, supuso un segundo hito transformador y obligó a España a desterrar viejos vicios macroeconómicos como la inflación crónica y las devaluaciones competitivas de la peseta que empobrecían los ahorros de los ciudadanos. El euro aportó una estabilidad de precios inédita y permitió a las empresas españolas salir al exterior y convertirse en multinacionales líderes.
Pero el éxito no se mide solo en puntos de PIB, Borderías Uribeondo destaca cómo la entrada en la CEE actuó como un potente acelerador de derechos sociales. La legislación europea sobre igualdad de género, seguridad en el trabajo y protección del consumidor obligó a España a actualizar sus leyes a un ritmo vertiginoso.
La sociedad española se europeizó en sus hábitos y valores, el programa Erasmus ha permitido que cientos de miles de jóvenes españoles se formen en el extranjero. La España de 1985 era un país con una estructura social todavía muy rígida, mientras que a España del 40º aniversario es un referente global en turismo, derechos LGTBI, transición ecológica y cohesión social, gracias en gran medida al marco de valores compartido con sus socios europeos.
España ha aportado a la Unión Europea dos dimensiones estratégicas que antes eran marginales como lo son Iberoamérica y el Mediterráneo. Desde su entrada a la UE, ha firmado acuerdos comerciales y de cooperación con casi toda América Latina, una región que Madrid ha sabido situar como socio natural de Bruselas. Del mismo modo, el proceso de Barcelona y la atención a la Vecindad Sur llevan el sello de la diplomacia española, que entiende que la seguridad de Europa se juega en el Estrecho de Gibraltar y en el Sahel.
La madurez del liderazgo español se ha consolidado en la última década. En la crisis del COVID-19, España fue, junto con Francia, una de las voces más importantes en la reclamación de una respuesta fiscal común, que finalmente cristalizó en el fondo NextGenerationEU, hito que supone la primera vez en que la UE se endeuda masivamente para ayudar a sus socios, y tiene una impronta española innegable.
Hoy como nación soberana, lidera debates de vanguardia; la excepción ibérica en el mercado eléctrico terminó siendo el modelo de referencia para toda la UE durante la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania.
Como apunta García-Berdoy, España ya no necesita pedir permiso, ahora propone soluciones, manteniendo un rol de liderazgo. La Estrategia de Acción Exterior 2025-2028 refleja esta ambición de una España con un liderazgo autónomo y estratégico no solo en Europa, sino también en un mundo cada vez más convulsionado.
El resumen de estos 40 años de adhesión de España a la Unión Europea es, por tanto, positivo y beneficioso, tanto en lo económico como en lo humano y lo social. Beneficioso para España y para la Unión Europea. Más aún cuando nuestro país, en este tiempo, se ha convertido en un socio fiable, maduro y participativo, capaz de aportar muchísimo al proyecto europeo, tanto a corto como a medio plazo.
Hoy, al conmemorar el 40º aniversario del proceso de adhesión de España a la Unión Europea, este país se mira al espejo y apenas se reconoce. La integración no fue un evento, sino un proceso catalizador que comprimió siglos de modernización en apenas cuatro décadas.
España celebra hoy su metamorfosis de nación aislada a motor estratégico de la Unión Europea, demostrando el éxito de una integración que cambió el ADN de una sociedad.
Tras el régimen franquista, la solicitud formal de ingreso en 1977 se convirtió en el objetivo prioritario de todos los gobiernos de la democracia. La adhesión funcionó como un ancla de estabilidad y no es casualidad que el impulso definitivo se produjera tras el fallido golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981. La clase política española entendió que la pertenencia a la CEE era el blindaje definitivo contra cualquier tentación involucionista. Europa era el sinónimo de libertad.
Sin embargo, la acogida no fue de alfombra roja, aunque el precio de la entrada, por alto que fuera, era inferior al coste de seguir fuera.
A diferencia de la posguerra mundial, España sí tuvo su plan de reconstrucción gracias a los Fondos de Cohesión y los Fondos Estructurales. Durante décadas, el país fue el principal beneficiario de la solidaridad europea, lo que no solo se tradujo en la construcción de la mayor red de alta velocidad ferroviaria de Europa o en autopistas que articularon el territorio, sino en una modernización invisible pero determinante.
Como señala el Consejo Económico y Social (CES), estos fondos permitieron financiar la formación de millones de trabajadores, la depuración de aguas, la protección de parques naturales o la digitalización temprana de la administración.
El ingreso en el euro, analizado con rigor por Von Zeschau, supuso un segundo hito transformador y obligó a España a desterrar viejos vicios macroeconómicos como la inflación crónica y las devaluaciones competitivas de la peseta que empobrecían los ahorros de los ciudadanos. El euro aportó una estabilidad de precios inédita y permitió a las empresas españolas salir al exterior y convertirse en multinacionales líderes.
Pero el éxito no se mide solo en puntos de PIB, Borderías Uribeondo destaca cómo la entrada en la CEE actuó como un potente acelerador de derechos sociales. La legislación europea sobre igualdad de género, seguridad en el trabajo y protección del consumidor obligó a España a actualizar sus leyes a un ritmo vertiginoso.
La sociedad española se europeizó en sus hábitos y valores, el programa Erasmus ha permitido que cientos de miles de jóvenes españoles se formen en el extranjero. La España de 1985 era un país con una estructura social todavía muy rígida, mientras que a España del 40º aniversario es un referente global en turismo, derechos LGTBI, transición ecológica y cohesión social, gracias en gran medida al marco de valores compartido con sus socios europeos.
España ha aportado a la Unión Europea dos dimensiones estratégicas que antes eran marginales como lo son Iberoamérica y el Mediterráneo. Desde su entrada a la UE, ha firmado acuerdos comerciales y de cooperación con casi toda América Latina, una región que Madrid ha sabido situar como socio natural de Bruselas. Del mismo modo, el proceso de Barcelona y la atención a la Vecindad Sur llevan el sello de la diplomacia española, que entiende que la seguridad de Europa se juega en el Estrecho de Gibraltar y en el Sahel.
La madurez del liderazgo español se ha consolidado en la última década. En la crisis del COVID-19, España fue, junto con Francia, una de las voces más importantes en la reclamación de una respuesta fiscal común, que finalmente cristalizó en el fondo NextGenerationEU, hito que supone la primera vez en que la UE se endeuda masivamente para ayudar a sus socios, y tiene una impronta española innegable.
Hoy como nación soberana, lidera debates de vanguardia; la excepción ibérica en el mercado eléctrico terminó siendo el modelo de referencia para toda la UE durante la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania.
Como apunta García-Berdoy, España ya no necesita pedir permiso, ahora propone soluciones, manteniendo un rol de liderazgo. La Estrategia de Acción Exterior 2025-2028 refleja esta ambición de una España con un liderazgo autónomo y estratégico no solo en Europa, sino también en un mundo cada vez más convulsionado.
El resumen de estos 40 años de adhesión de España a la Unión Europea es, por tanto, positivo y beneficioso, tanto en lo económico como en lo humano y lo social. Beneficioso para España y para la Unión Europea. Más aún cuando nuestro país, en este tiempo, se ha convertido en un socio fiable, maduro y participativo, capaz de aportar muchísimo al proyecto europeo, tanto a corto como a medio plazo.



















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