Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'
Vecino. No confundas parche con proyecto.
O de cómo el poder llena el escaparate mientras el vecino sigue pagando las heridas que nadie quiso cerrar.
Vecino,
Hay semanas en las que Calp no estalla.
No hay una gran dimisión.
No hay un pleno incendiado.
No hay una frase que recorra el pueblo antes de la comida.
Solo hay carteles.
Carteles de ayudas.
Carteles de campañas.
Carteles de actividades.
Carteles de comercio.
Carteles de juventud.
Carteles de cultura.
Carteles de una ciudad que parece moverse mucho, pero que cada vez cuesta más reconocer como proyecto.
Y quizá ahí esté precisamente la noticia.
No en lo que ocurrió esta semana.
Sino en la forma en que intentaron que pareciera que todo seguía funcionando.
Porque el escaparate, cuando se llena demasiado, ya no siempre muestra fuerza.
A veces empieza a enseñar miedo.
Que nadie se equivoque.
El problema no es que se anuncien ayudas.
Una ayuda puede ser necesaria.
Puede aliviar.
Puede llegar donde una familia, un joven, un estudiante o un pequeño negocio ya no llega solo.
Pero una ayuda también puede decir más de lo que parece.
Puede decir que algo llegó tarde.
Que algo se dejó crecer demasiado.
Que alguien soporta ahora un peso que no debería haber soportado.
Que la ciudad necesita compensar, con pequeñas dosis de alivio, aquello que no supo ordenar cuando aún estaba a tiempo.
Por eso el problema empieza cuando la ayuda deja de parecer una medida puntual
y empieza a parecer una forma de administrar una ciudad que no consigue resolver sus problemas de fondo.
Porque una cosa es ayudar al vecino.
Y otra muy distinta es acostumbrarlo a sobrevivir entre parches.
Ahí está la diferencia.
No hablamos de una ayuda concreta.
Hablamos de un método.
Un método que llega tarde, anuncia alivios y evita hacerse la única pregunta importante: por qué cada vez hay más heridas que aliviar.
Esta semana no hizo falta mucho ruido para verlo.
El Ayuntamiento publicó ayudas, campañas, anuncios y carteles como quien coloca vendas sobre una ciudad que sigue sangrando.
Una ayuda para el alquiler, porque vivir en Calp se vuelve cada vez más difícil.
Una ayuda para moverse, porque estudiar o trabajar fuera también pesa.
Una ayuda para empresas, porque el tejido económico necesita respirar.
Una campaña para el comercio, porque el comercio local ya no se sostiene solo con buenas palabras.
Y publicación tras publicación, como si la acumulación de anuncios pudiera parecerse a una dirección.
Pero una ciudad no se arregla por acumulación de vendas.
Y cuando cada semana aparece una nueva ayuda, quizá conviene empezar a preguntar no cuánto alivia, sino qué enfermedad está intentando disimular.
Ésa es la forma más cómoda de gobernar cuando ya se llega tarde.
Primero se deja crecer el problema.
Después se anuncia la ayuda.
Luego se hace el cartel.
Y al final se vende el alivio como si fuera proyecto.
Pero eso no es gobernar.
Eso es administrar las consecuencias del abandono.
Porque cuando una ciudad necesita ayuda para alquilar, ayuda para moverse, ayuda para sostener comercio, ayuda para respirar como empresa y ayuda para no rendirse como vecino,
el poder debería sentir apuro, no orgullo.
La ayuda puede ser necesaria.
Pero no puede convertirse en medalla.
Porque una venda no es una victoria.
Es la prueba de una herida.
La paradoja está precisamente ahí.
Cada cartel quiere decir:
“estamos ayudando”.
Pero también dice otra cosa:
“esto ya no se sostiene solo”.
Una ayuda al alquiler dice que la vivienda se ha vuelto imposible.
Una ayuda al transporte dice que estudiar o trabajar fuera pesa demasiado.
Una ayuda al comercio dice que el comercio local necesita oxígeno.
Una ayuda a empresas dice que la economía local arrastra heridas.
Una campaña tras otra dice que la ciudad necesita ser empujada para no detenerse.
Y entonces el escaparate cambia de sentido.
Ya no parece una vitrina de logros.
Empieza a parecer un parte médico.
Y mientras tanto, el vecino sigue ahí.
No en el cartel.
No en la fotografía.
No en la frase institucional.
Sigue en la vida real.
En el alquiler que no baja.
En el sueldo que no alcanza.
En el comercio que abre cada mañana sin saber si el mes cuadrará.
En el estudiante que necesita ayuda para moverse.
En la familia que aprende a vivir entre convocatorias, requisitos, plazos y promesas.
Ese vecino agradece una ayuda cuando llega.
Claro que la agradece.
Pero también empieza a entender algo más incómodo:
que vivir en su pueblo se ha convertido poco a poco en una carrera de resistencia.
Y una ciudad no puede conformarse con ayudar a sus vecinos a resistir.
Debe preguntarse por qué les exige resistir tanto.
Vecino,
toda ciudad llega alguna vez a una pregunta sencilla.
Si cada semana necesita una nueva ayuda,
si cada mes necesita una nueva campaña,
si cada problema necesita una nueva venda,
si cada herida necesita un nuevo cartel,
entonces quizá ya no basta con preguntar cuánto se ayuda.
Hay que preguntar qué se está rompiendo.
Porque los parches pueden sostener una superficie.
Pero no levantan una ciudad.
Los parches pueden ganar tiempo.
Pero no devuelven rumbo.
Los parches pueden aliviar la carga.
Pero no sustituyen la obligación de gobernar.
Y cuando un poder se acostumbra a remendar lo que no supo prever,
el vecino deja de vivir dentro de un proyecto.
Y una ciudad que vive siempre en reparación acaba olvidando que alguna vez tuvo derecho a un proyecto.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

Vecino,
Hay semanas en las que Calp no estalla.
No hay una gran dimisión.
No hay un pleno incendiado.
No hay una frase que recorra el pueblo antes de la comida.
Solo hay carteles.
Carteles de ayudas.
Carteles de campañas.
Carteles de actividades.
Carteles de comercio.
Carteles de juventud.
Carteles de cultura.
Carteles de una ciudad que parece moverse mucho, pero que cada vez cuesta más reconocer como proyecto.
Y quizá ahí esté precisamente la noticia.
No en lo que ocurrió esta semana.
Sino en la forma en que intentaron que pareciera que todo seguía funcionando.
Porque el escaparate, cuando se llena demasiado, ya no siempre muestra fuerza.
A veces empieza a enseñar miedo.
Que nadie se equivoque.
El problema no es que se anuncien ayudas.
Una ayuda puede ser necesaria.
Puede aliviar.
Puede llegar donde una familia, un joven, un estudiante o un pequeño negocio ya no llega solo.
Pero una ayuda también puede decir más de lo que parece.
Puede decir que algo llegó tarde.
Que algo se dejó crecer demasiado.
Que alguien soporta ahora un peso que no debería haber soportado.
Que la ciudad necesita compensar, con pequeñas dosis de alivio, aquello que no supo ordenar cuando aún estaba a tiempo.
Por eso el problema empieza cuando la ayuda deja de parecer una medida puntual
y empieza a parecer una forma de administrar una ciudad que no consigue resolver sus problemas de fondo.
Porque una cosa es ayudar al vecino.
Y otra muy distinta es acostumbrarlo a sobrevivir entre parches.
Ahí está la diferencia.
No hablamos de una ayuda concreta.
Hablamos de un método.
Un método que llega tarde, anuncia alivios y evita hacerse la única pregunta importante: por qué cada vez hay más heridas que aliviar.
Esta semana no hizo falta mucho ruido para verlo.
El Ayuntamiento publicó ayudas, campañas, anuncios y carteles como quien coloca vendas sobre una ciudad que sigue sangrando.
Una ayuda para el alquiler, porque vivir en Calp se vuelve cada vez más difícil.
Una ayuda para moverse, porque estudiar o trabajar fuera también pesa.
Una ayuda para empresas, porque el tejido económico necesita respirar.
Una campaña para el comercio, porque el comercio local ya no se sostiene solo con buenas palabras.
Y publicación tras publicación, como si la acumulación de anuncios pudiera parecerse a una dirección.
Pero una ciudad no se arregla por acumulación de vendas.
Y cuando cada semana aparece una nueva ayuda, quizá conviene empezar a preguntar no cuánto alivia, sino qué enfermedad está intentando disimular.
Ésa es la forma más cómoda de gobernar cuando ya se llega tarde.
Primero se deja crecer el problema.
Después se anuncia la ayuda.
Luego se hace el cartel.
Y al final se vende el alivio como si fuera proyecto.
Pero eso no es gobernar.
Eso es administrar las consecuencias del abandono.
Porque cuando una ciudad necesita ayuda para alquilar, ayuda para moverse, ayuda para sostener comercio, ayuda para respirar como empresa y ayuda para no rendirse como vecino,
el poder debería sentir apuro, no orgullo.
La ayuda puede ser necesaria.
Pero no puede convertirse en medalla.
Porque una venda no es una victoria.
Es la prueba de una herida.
La paradoja está precisamente ahí.
Cada cartel quiere decir:
“estamos ayudando”.
Pero también dice otra cosa:
“esto ya no se sostiene solo”.
Una ayuda al alquiler dice que la vivienda se ha vuelto imposible.
Una ayuda al transporte dice que estudiar o trabajar fuera pesa demasiado.
Una ayuda al comercio dice que el comercio local necesita oxígeno.
Una ayuda a empresas dice que la economía local arrastra heridas.
Una campaña tras otra dice que la ciudad necesita ser empujada para no detenerse.
Y entonces el escaparate cambia de sentido.
Ya no parece una vitrina de logros.
Empieza a parecer un parte médico.
Y mientras tanto, el vecino sigue ahí.
No en el cartel.
No en la fotografía.
No en la frase institucional.
Sigue en la vida real.
En el alquiler que no baja.
En el sueldo que no alcanza.
En el comercio que abre cada mañana sin saber si el mes cuadrará.
En el estudiante que necesita ayuda para moverse.
En la familia que aprende a vivir entre convocatorias, requisitos, plazos y promesas.
Ese vecino agradece una ayuda cuando llega.
Claro que la agradece.
Pero también empieza a entender algo más incómodo:
que vivir en su pueblo se ha convertido poco a poco en una carrera de resistencia.
Y una ciudad no puede conformarse con ayudar a sus vecinos a resistir.
Debe preguntarse por qué les exige resistir tanto.
Vecino,
toda ciudad llega alguna vez a una pregunta sencilla.
Si cada semana necesita una nueva ayuda,
si cada mes necesita una nueva campaña,
si cada problema necesita una nueva venda,
si cada herida necesita un nuevo cartel,
entonces quizá ya no basta con preguntar cuánto se ayuda.
Hay que preguntar qué se está rompiendo.
Porque los parches pueden sostener una superficie.
Pero no levantan una ciudad.
Los parches pueden ganar tiempo.
Pero no devuelven rumbo.
Los parches pueden aliviar la carga.
Pero no sustituyen la obligación de gobernar.
Y cuando un poder se acostumbra a remendar lo que no supo prever,
el vecino deja de vivir dentro de un proyecto.
Y una ciudad que vive siempre en reparación acaba olvidando que alguna vez tuvo derecho a un proyecto.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.135