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Lunes, 27 de Abril de 2026

Actualizada Lunes, 27 de Abril de 2026 a las 13:56:02 horas

Lunes, 27 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'

Vecino. El año que ya nadie podrá fingir.

O de cómo una ciudad empieza a perder la inocencia cuando el decorado ya no tapa la grieta.

Vecino.

 

No todos los finales empiezan con estruendo.
Algunos empiezan con algo más fino.
Más lento.
Más revelador.

 

Empiezan cuando una ciudad entra en ese año —el último antes de las elecciones— en que el poder sigue en pie, pero ya no manda con la misma verdad.
Sigue ocupando el sitio.
Sigue hablando.
Sigue posando.
Sigue respondiendo.
Pero ya no ordena el tiempo: lo resiste.

 

Y en cuanto entra ese año, empieza otra cosa.
Empieza el cálculo.
Empieza la maniobra.
Empieza el gesto que ya no busca gobernar, sino llegar.

 

Y entonces cada movimiento cambia de naturaleza.

 

Una fotografía ya no es solo una fotografía.
Una explicación ya no es solo una explicación.
Una discrepancia ya no es solo una discrepancia.
Todo empieza a sonar a síntoma.
Todo empieza a pesar como señal.

 

Calp ha entrado en ese año.
El año en que cada cual empieza, quiera o no, a decir quién es.

 


 

Y eso es lo que vuelve tan importante esta semana.

 

No porque haya ocurrido una sola cosa extraordinaria.
Ni porque de pronto todo haya estallado.
Sino porque, a un año de las elecciones, los hechos ya no aparecen aislados.

 

Empiezan a encajar.

 

Una reacción tardía ya no parece solo una reacción tardía.
Una publicación menor ya no parece solo una publicación menor.
Una rectificación ya no suena a prudencia.
Una pose de fortaleza ya no suena a mando.

 

Todo empieza a revelar otra cosa:
quién intenta aguantar,
quién intenta recolocarse,
quién intenta fingir normalidad,
y quién empieza a entender que el decorado ya no tapa igual.

 

Por eso esta semana no debe leerse como una suma de episodios.
Debe leerse como una fase de revelación.

 

Porque cuando los hechos empiezan a encajar,
el poder deja de parecer complejo
y empieza, simplemente, a verse.

 


 

No han hecho falta grandes fuegos artificiales.
Ha bastado una secuencia.

 

Primero, el golpe.
Una columna que rompe el pudor del comentario y deja al sistema sin réplica de altura.
Después, el silencio.


La observación incómoda.
La publicación vacía.
El artículo de oposición que intenta existir, pero no pesa.
La sensación de que nadie se atreve a entrar al fondo porque entrar sería aceptar el marco.

 

Y entonces, cuando el aparato intenta recuperar compostura, aparece la verdad interior:
 

el cese,
la herida,
la explicación forzada,
la pieza que cae,
la vieja guardia que afila,
y el gobierno que, en vez de recomponer autoridad, se dedica a administrar daños.
Ésa ha sido la semana.


Una sucesión de escenas en las que el poder ha intentado seguir pareciendo entero mientras se le iba notando demasiado la costura.

 


 

Y ahí aparece la acusación de fondo.

 

El problema de Calp ya no es solo que algunas decisiones lleguen tarde, otras se remienden y otras se expliquen mal.

 

El problema es otro:
el poder empieza a preocuparse más por conservar forma que por sostener dirección.
Eso se nota cuando una legislatura ya no transmite mando, sino aguante.


Cuando la iniciativa deja paso a la reacción.
Cuando la explicación llega antes que la solución.
Cuando la presencia institucional se multiplica, pero la autoridad se reduce.
En ese punto, el gobierno ya no trabaja desde una convicción visible.

 

Trabaja desde una necesidad:
la de seguir pareciendo gobierno cuando ya empieza a costarle serlo.

 

Y eso tiene una consecuencia muy seria.

 

Que cada gesto deja de percibirse como servicio
y empieza a percibirse como administración del deterioro.

 


 

Y ahí aparece la gran paradoja de este tiempo.

 

Cuanto más necesita el poder parecer estable, más se le nota el desgaste.
Cuanto más intenta proyectar normalidad, más visible se vuelve la grieta.
Cuanto más quiere conservar el mando, más empieza a revelar que ya no gobierna desde la misma firmeza.

 

Pero la paradoja no acaba ahí.

 

Porque al mismo tiempo que el poder se delata, el vecino cambia.

 

No porque recupere aún el control.
No porque pueda corregir ya el rumbo.
Sino porque empieza a mirar distinto.

 

Empieza a comentar más.
A callar menos.
A unir hechos que antes veía separados.
A sospechar de lo pequeño cuando aparece justo para tapar lo grande.

 

Y así, mientras el poder intenta seguir fingiendo, la ciudad empieza a perder la inocencia.

 


 

Y mientras ellos se recolocan, se vigilan, se miden y se delatan,
el vecino sigue atrapado.

 

Ésa es la obscenidad.

 

Que el poder entra en fase de cálculo
y el ciudadano permanece en fase de carga.

 

Carga fiscal.
Carga urbana.
Carga habitacional.
Carga moral.

 

Le queda un año de legislatura.
Un año entero para seguir viviendo dentro de un sistema local que ya ha empezado a revelarse,
pero que todavía conserva la capacidad de decidir sobre su tiempo, su calle, su paciencia y su ciudad.

 

Porque el calpino empieza a entender algo muy duro:
que no solo estaba mal servido.
También estaba cautivo.

 

Y cuando un vecino descubre que sigue rehén del mandato agotado que lo administra,
ya no vuelve a mirar la política igual.

 


 

Vecino.

 

No porque el poder haya cambiado ya.


Sino porque ha empezado a cambiar la mirada sobre él.

 

Y cuando una ciudad empieza a mirar sin ingenuidad,
sin miedo
y sin el viejo reflejo de tragarse la escenografía,
algo se rompe para siempre.

 

Queda un año hasta 2027.
Un año largo.
Un año de maniobras, de cálculos, de intentos de parecer lo que ya no se es.

 

Pero también será el año en que cada cual irá dejando su huella moral a la vista de todos.

 

Porque llega un momento en que ya no hace falta que nadie se desenmascare.
Le basta con actuar.

 

Y Calp ya ha entrado en ese tiempo.
El tiempo en que ya nadie podrá fingir.

 

Una vez leído,
no podrá ser desleído.

 

AVE CALPINVS.

 

Francisco Ramón Perona García

 

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

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