Artículo de Opinión Política de Calp
Vivienda en Calpe: entre la inacción y la prohibición
¡BIENVENIDOS AL PARAÍSO!
¡Qué bonito es vivir en un pueblo donde el único derecho inalienable es el de los turistas a tener un piso con vistas al mar… y una piscina comunitaria con forma de flamenco! En Calpe, ese paraíso costero donde el término “vivienda habitual” suena a chiste de mal gusto, hemos alcanzado un nivel de sofisticación política admirable: el problema de la vivienda es tan evidente… que la solución pasa por limitar aún más las pocas alternativas que existen.
Porque, efectivamente, lo verdaderamente peligroso aquí no es la especulación, ni la turistificación, ni que los jóvenes calpinos tengan que emigrar a Xaló o a Llíber para poder alquilar o comprarse algo. No. Lo verdaderamente alarmante es que alguien, en un arrebato de sentido común, decida convertir un local vacío (de esos que llevan años criando polvo fuera de cualquier eje comercial real) en una vivienda.
Un disparate, porque todos sabemos que esos locales, cerrados desde la crisis de 2008, sin paso, sin visibilidad y sin ninguna viabilidad económica, están a punto de convertirse en el próximo epicentro del comercio local. Solo necesitan un poco más de tiempo. Quizá otros quince años de persiana bajada y cartel de “se alquila” basten para que florezcan como por arte de magia.
Mientras tanto, la realidad (mucho menos poética) es bastante más incómoda: los locales no se alquilan como negocio, no se pueden transformar en vivienda, y, por tanto, no sirven absolutamente para nada.
Una estrategia urbanística brillante: activos congelados por decreto, en nombre de un comercio que no llega y una vivienda que no existe.
Pero atención, porque aquí viene lo mejor. La solución no es regular para que haya más vivienda habitual, ni asegurar que sea accesible, ni mucho menos poner límites al uso turístico. No. La solución es prohibir que aquellos locales que sí podrían cumplir condiciones dignas de habitabilidad (superficie, ventilación, servicios…) se conviertan en hogares.
Tiene lógica. ¿Qué sería de este edén del hormigón si empezaran a aparecer viviendas asequibles? Imaginaos el desastre:
Jóvenes pagando un alquiler que no se lleve el 80% de su sueldo, familias sin tener que compartir piso como si estuvieran en un reality y trabajadores sin miedo a una subida repentina del alquiler.
La alternativa (tan poco espectacular que casi resulta subversiva) sería permitir que esos locales se transformaran en viviendas solo cuando cumplan criterios técnicos claros y exigentes, y además fijar otra condición igual de clara: que no puedan destinarse a uso turístico, sino exclusivamente a vivienda habitual.
Es decir:
Sí a viviendas dignas, no a apartamentos turísticos encubiertos y, si se quiere hacer bien, con mecanismos que favorezcan precios accesibles para jóvenes y colectivos vulnerables.
Curiosamente, esto no perjudica a nadie:
El propietario decide si le compensa o no transformar su local, el municipio gana viviendas donde ahora hay persianas bajadas y algunos ciudadanos, por fin, pueden aspirar a vivir en su propio pueblo.
Pero claro, eso implicaría asumir una realidad incómoda: que esos locales no van a reactivar el comercio por mucho que se prohíba su cambio de uso. Seguirán cerrados. No habrá más tiendas, ni más vida, ni más oportunidades. Solo más carteles envejeciendo al sol.
Así que la elección es sencilla: confiar en que el comercio brote milagrosamente en locales inviables… o permitir, con reglas claras, que se conviertan en lo que hoy sí hace falta.
Porque, al final, prohibir no ordena. Prohibir, en este caso, solo garantiza una cosa: que no se beneficie absolutamente nadie.
En fin, Calp: donde los turistas son la única especie protegida y el sueño de tener una casa se convierte en un trámite imposible.
¡Bienvenidos al paraíso! Un lugar idílico… siempre que no tengas la extravagante idea de querer vivir en él más de dos semanas al año.
Miguel Crespo Martínez
Portavoz del Grupo Municipal Popular de Calp


¡Qué bonito es vivir en un pueblo donde el único derecho inalienable es el de los turistas a tener un piso con vistas al mar… y una piscina comunitaria con forma de flamenco! En Calpe, ese paraíso costero donde el término “vivienda habitual” suena a chiste de mal gusto, hemos alcanzado un nivel de sofisticación política admirable: el problema de la vivienda es tan evidente… que la solución pasa por limitar aún más las pocas alternativas que existen.
Porque, efectivamente, lo verdaderamente peligroso aquí no es la especulación, ni la turistificación, ni que los jóvenes calpinos tengan que emigrar a Xaló o a Llíber para poder alquilar o comprarse algo. No. Lo verdaderamente alarmante es que alguien, en un arrebato de sentido común, decida convertir un local vacío (de esos que llevan años criando polvo fuera de cualquier eje comercial real) en una vivienda.
Un disparate, porque todos sabemos que esos locales, cerrados desde la crisis de 2008, sin paso, sin visibilidad y sin ninguna viabilidad económica, están a punto de convertirse en el próximo epicentro del comercio local. Solo necesitan un poco más de tiempo. Quizá otros quince años de persiana bajada y cartel de “se alquila” basten para que florezcan como por arte de magia.
Mientras tanto, la realidad (mucho menos poética) es bastante más incómoda: los locales no se alquilan como negocio, no se pueden transformar en vivienda, y, por tanto, no sirven absolutamente para nada.
Una estrategia urbanística brillante: activos congelados por decreto, en nombre de un comercio que no llega y una vivienda que no existe.
Pero atención, porque aquí viene lo mejor. La solución no es regular para que haya más vivienda habitual, ni asegurar que sea accesible, ni mucho menos poner límites al uso turístico. No. La solución es prohibir que aquellos locales que sí podrían cumplir condiciones dignas de habitabilidad (superficie, ventilación, servicios…) se conviertan en hogares.
Tiene lógica. ¿Qué sería de este edén del hormigón si empezaran a aparecer viviendas asequibles? Imaginaos el desastre:
Jóvenes pagando un alquiler que no se lleve el 80% de su sueldo, familias sin tener que compartir piso como si estuvieran en un reality y trabajadores sin miedo a una subida repentina del alquiler.
La alternativa (tan poco espectacular que casi resulta subversiva) sería permitir que esos locales se transformaran en viviendas solo cuando cumplan criterios técnicos claros y exigentes, y además fijar otra condición igual de clara: que no puedan destinarse a uso turístico, sino exclusivamente a vivienda habitual.
Es decir:
Sí a viviendas dignas, no a apartamentos turísticos encubiertos y, si se quiere hacer bien, con mecanismos que favorezcan precios accesibles para jóvenes y colectivos vulnerables.
Curiosamente, esto no perjudica a nadie:
El propietario decide si le compensa o no transformar su local, el municipio gana viviendas donde ahora hay persianas bajadas y algunos ciudadanos, por fin, pueden aspirar a vivir en su propio pueblo.
Pero claro, eso implicaría asumir una realidad incómoda: que esos locales no van a reactivar el comercio por mucho que se prohíba su cambio de uso. Seguirán cerrados. No habrá más tiendas, ni más vida, ni más oportunidades. Solo más carteles envejeciendo al sol.
Así que la elección es sencilla: confiar en que el comercio brote milagrosamente en locales inviables… o permitir, con reglas claras, que se conviertan en lo que hoy sí hace falta.
Porque, al final, prohibir no ordena. Prohibir, en este caso, solo garantiza una cosa: que no se beneficie absolutamente nadie.
En fin, Calp: donde los turistas son la única especie protegida y el sueño de tener una casa se convierte en un trámite imposible.
¡Bienvenidos al paraíso! Un lugar idílico… siempre que no tengas la extravagante idea de querer vivir en él más de dos semanas al año.
Miguel Crespo Martínez
Portavoz del Grupo Municipal Popular de Calp





























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