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Lunes, 13 de Abril de 2026

Actualizada Lunes, 13 de Abril de 2026 a las 10:58:44 horas

Lunes, 13 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'

Vecino. El poder denuncia al poder.

O de cómo la transacción democrática convierte al pueblo en rehén del cálculo.

Vecino,

 

Hay momentos en los que una ciudad no se rompe por una obra.
Ni por un pleno.
Ni siquiera por un escándalo.

 

Se rompe por algo más fino. Más sucio. Más antiguo.

 

Se rompe cuando el voto deja de ser mandato
y empieza a ser mercancía.

 

Cuando lo que debía servir al vecino
empieza a servir a la maniobra.

 

Cuando un acta, que nació en una papeleta,
acaba moviéndose como si tuviera precio.

 

Y ahí es donde Calp ha entrado esta semana.

 

No en una crisis de gobierno.
No solo en una crisis de mayoría.
Sino en algo peor: en una crisis de significado.

 

Porque una cosa es discrepar.
Otra, marcharse.
Y otra muy distinta, mucho más grave,
es marcharse sin devolver lo que ya no representas.

 

Ahí empieza hoy la pregunta incómoda.

 

No si alguien tenía derecho a enfadarse.
No si había tensiones internas.
No si dentro del gobierno había descoordinación, cansancio o fracturas.

 

Todo eso puede ocurrir.
Todo eso puede ser incluso verdad.

 

La pregunta es otra.
Más simple. Más dura. Más peligrosa.

 

¿De quién es un acta?

 

¿De quién la ocupa?

 


 

Durante esta legislatura se han tomado decisiones graves.

 

La Casa Beltrán.
La tasa de basura.
La orientación entera del gobierno.

 

No hablamos, por tanto, de una recién llegada al espanto.

 

Hablamos de alguien que estuvo dentro.
Que votó dentro.
Que sostuvo dentro.
Y que ahora denuncia desde fuera lo que ayudó a mantener desde dentro.

 

Eso el pueblo lo entiende enseguida.

 

No hace falta teoría política para comprenderlo.
Basta la experiencia.

 

Uno puede discutir.
Uno puede cansarse.
Uno puede irse.

 

Lo que no es limpio es levantarse de la mesa llevándote la silla.

 

Y eso es exactamente lo que aquí duele.

 

No solo que se rompa una mayoría.
No solo que el gobierno quede tocado.
No solo que el pleno entre en empate.

 

Lo que duele es la sensación de que el acta empieza a valer más que el compromiso con el que se obtuvo.

 

Y cuando eso pasa, el ciudadano deja de ver representación.

 

Empieza a ver transacción.

 

Si uno de verdad cree que ya no puede sostener aquello bajo lo que fue elegido, hay una salida limpia: irse del todo.

 

No quedarse con el acta, romper el equilibrio institucional del pueblo y presentarse después como conciencia crítica de aquello mismo que uno ayudó a votar.

 

Porque entonces ya no hablamos de valentía.

 

Hablamos de una forma vieja y muy conocida de poder:
la de quien convierte una legitimidad prestada en una posición personal.

 


 

Y eso, vecino, siempre sale caro.

 

Sale caro porque el gobierno entra en minoría.
Sale caro porque la legislatura se envenena.
Sale caro porque cada acuerdo empieza a oler a cálculo.
Sale caro porque el último año deja de ser tiempo de gobierno y pasa a ser tiempo de tanteo, de presión, de espera y de colocación.

 

Y mientras unos se recolocan, el pueblo sigue con la basura.
Con las obras.
Con las calles.
Con los accesos.
Con los problemas de siempre.

 

Ahí está la obscenidad.

 

Que el ciudadano sigue viviendo lo real
mientras la política empieza a jugar a otra cosa.

 

No a resolver.
No a responder.
No a sostener.

 

A colocarse.

 


 

Y por eso este asunto no va solo de una concejala.

 

Va de una enfermedad más profunda.

 

La facilidad con la que algunos cargos olvidan que el acta no les fue dada para sentirse decisivos, sino para responder por un mandato recibido.

 

Porque un acta, en democracia, no debería ser un premio.
Ni un refugio.
Ni una llave privada.
Ni una ficha para reorganizar el tablero cuando a uno le conviene.

 

Debería ser una deuda con el voto que la hizo posible.

 

Y si esa deuda deja de obedecerse, la política local entra en una zona muy fea:
la zona en la que ya no sabemos si quien habla lo hace en nombre del pueblo…
o en nombre de la ventaja que ha descubierto en su propia ruptura.

 

Eso es lo peligroso.

 

No que alguien se vaya.
Sino que al irse no se vaya del todo.

 

Porque entonces el mensaje que recibe el ciudadano es devastador:
tu voto sirve para llegar, pero no necesariamente para permanecer fiel a aquello con lo que llegaste.

 


 

Vecino,

 

Hay salidas que retratan a un gobierno.
Y hay salidas que retratan a quien se va.

 

Esta no retrata una diferencia de criterio.

 

Retrata una forma de quedarse con lo que ya no se representa.

 

Y ahí está la línea que no debería cruzarse nunca:
si ya no crees en el proyecto con el que obtuviste el acta, no te quedas con el acta para decidir sobre todos.

 

Te vas.

 

Porque si no te vas, ya no estás defendiendo una convicción.

 

Estás explotando una posición.

 

Y cuando la política empieza a explotar posiciones en vez de honrar mandatos, el vecino deja de estar representado.

 

Empieza a estar atrapado.

 

No por un gobierno.
No por una oposición.
Por una forma de poder que ha olvidado una regla elemental:
el acta no es botín.

 

Y cuando el acta se convierte en botín, la democracia local deja de estar herida.

 

Empieza a estar podrida.

 

Una vez leído,
no podrá ser desleído.

 

Hasta el próximo lunes, Legión.

 

Francisco Ramón Perona García

 

AVE CALPINVS.
Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)

Jurista. Ciudadano. Incómodo.

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