Artículo de opinión
La ciclofobia en la Marina Alta
Por Vicente Bolufer
Imagen de archivo del equipo Soudal Quick-Step durante un entrenamiento en la carretara N-332 a su paso por Benissa y Calpe
Quienes ya acumulan algunos años a sus espaldas recordarán perfectamente como, no hace tanto, la bicicleta se convirtió en una destacada hoja de ruta política. En la Marina Alta, los responsables públicos incorporaban en sus programas aquello que entonces se presentaba como “lo más ecológico”: el carril bici. Ir en bicicleta era, sencillamente, lo moderno. (Y sí, hay cierta ironía en recordar ahora aquel entusiasmo casi unánime).
![[Img #20875]](https://calpdigital.es/upload/images/04_2026/8184_carril-bici-y-senalizacion-benitatxell-2.jpg)
Han pasado los años. Algunos de aquellos carriles siguen ahí, otros son nuevos y otros quedaron como proyectos a medias. En paralelo, surgieron infraestructuras como las vías verdes. Incluso en este contexto el marco normativo ha evolucionado: la Ley de Movilidad Sostenible 9/2025 y la Estrategia de Movilidad Segura, Sostenible y Conectada 2030 sitúan el transporte activo —caminar y pedalear— como eje prioritario para reducir emisiones, con medidas que incluyen carriles bici, aparcamientos seguros o zonas de bajas emisiones.
![[Img #20877]](https://calpdigital.es/upload/images/04_2026/5310_carril-bici-moraira.jpg)
Sobre el papel, el mensaje es claro. La realidad, sin embargo, parece ir por otro camino.
En los últimos días, dos noticias han vuelto a poner el foco sobre la convivencia entre vehículos y ciclistas en nuestras carreteras. Por un lado, hoy mismo hemos publicado la petición de colaboración para identificar a un conductor que se dio a la fuga tras atropellar a un ciclista en la N-332 entre Benissa y Calp.
Por otro, el fallecimiento de un ciclista en la carretera entre Calp y Altea.
No es la noticia en sí lo que más llama la atención, sino lo que ocurre después: los comentarios en redes sociales.
“Debería tener prohibido circular”.
“Son un peligro”.
“Pocos caen”.
“Quién no quiera polvo que no vaya a la era”.
“Cada vez que muere un ciclista, como que duermo igual”.
Y así, uno tras otro, hasta completar una colección de mensajes que dibujan un escenario preocupante: una especie de normalización del rechazo hacia el ciclista. Una corriente de opinión que, sin matices, sitúa al que pedalea como el problema, nunca como la parte vulnerable.
Es aquí donde surge el concepto que da título a estas líneas: la ciclofobia.
No se trata de negar que existan comportamientos irresponsables por parte de algunos ciclistas. Los hay. Como también los hay entre conductores. Pero el discurso dominante parece haber invertido los papeles: el vehículo, pese a su potencial lesivo, se percibe como el elemento “natural” de la carretera, mientras que la bicicleta se convierte en una molestia, un obstáculo, casi una provocación.
Y sin embargo, conviene detenerse un momento. Si los vehículos circularan estrictamente a la velocidad permitida -en ciudad, en carreteras secundarias o en vías nacionales-, la diferencia real de tiempo en trayectos habituales sería mínima. Entre Calp y Moraira, por ejemplo, apenas unos minutos. Pero parece que la urgencia por llegar antes, aunque sea cinco minutos, pesa más que la seguridad.
En este contexto, resulta significativo escuchar voces como la de Andrés Contreras, referente en la concienciación sobre seguridad vial y superviviente de un atropello en el que murieron tres ciclistas de Xàbia. “Yo tengo que entrenar en Rodillo en Swift, Rouvy o en Spinning en el gimnasio porque me da miedo convivir en constante peligro y después en redes todos son valientes; luego les pasa algo y lloran”.
La frase no deja demasiado margen para la interpretación.
Conviene subrayarlo: quien escribe estas líneas no es ciclista. Está, de hecho, en el otro lado. En el del conductor que recorre a diario las carreteras de la Marina Alta y que, como tantos otros, se encuentra con grupos de ciclistas en determinados tramos. Pero precisamente por eso, la reflexión resulta inevitable.
Algo está fallando cuando la respuesta social ante la muerte de una persona en la carretera no es la empatía, sino el reproche.
Algo está fallando cuando se plantea abiertamente la prohibición de un colectivo en lugar de exigir infraestructuras adecuadas o el cumplimiento de las normas por todas las partes.
Y algo está fallando cuando una comarca que durante años defendió la movilidad sostenible observa ahora cómo crece un clima de tensión entre usuarios de la vía.
Quizá la cuestión no sea si sobran ciclistas o coches. Quizá la pregunta correcta sea si estamos preparados, como sociedad, para convivir en un mismo espacio.
Porque la carretera no es de unos ni de otros. Es de todos. Y en esa ecuación, el respeto no debería ser opcional.
Vicente Bolufer
Imagen de archivo del equipo Soudal Quick-Step durante un entrenamiento en la carretara N-332 a su paso por Benissa y CalpeQuienes ya acumulan algunos años a sus espaldas recordarán perfectamente como, no hace tanto, la bicicleta se convirtió en una destacada hoja de ruta política. En la Marina Alta, los responsables públicos incorporaban en sus programas aquello que entonces se presentaba como “lo más ecológico”: el carril bici. Ir en bicicleta era, sencillamente, lo moderno. (Y sí, hay cierta ironía en recordar ahora aquel entusiasmo casi unánime).
![[Img #20875]](https://calpdigital.es/upload/images/04_2026/8184_carril-bici-y-senalizacion-benitatxell-2.jpg)
Han pasado los años. Algunos de aquellos carriles siguen ahí, otros son nuevos y otros quedaron como proyectos a medias. En paralelo, surgieron infraestructuras como las vías verdes. Incluso en este contexto el marco normativo ha evolucionado: la Ley de Movilidad Sostenible 9/2025 y la Estrategia de Movilidad Segura, Sostenible y Conectada 2030 sitúan el transporte activo —caminar y pedalear— como eje prioritario para reducir emisiones, con medidas que incluyen carriles bici, aparcamientos seguros o zonas de bajas emisiones.
![[Img #20877]](https://calpdigital.es/upload/images/04_2026/5310_carril-bici-moraira.jpg)
Sobre el papel, el mensaje es claro. La realidad, sin embargo, parece ir por otro camino.
En los últimos días, dos noticias han vuelto a poner el foco sobre la convivencia entre vehículos y ciclistas en nuestras carreteras. Por un lado, hoy mismo hemos publicado la petición de colaboración para identificar a un conductor que se dio a la fuga tras atropellar a un ciclista en la N-332 entre Benissa y Calp.
Por otro, el fallecimiento de un ciclista en la carretera entre Calp y Altea.
No es la noticia en sí lo que más llama la atención, sino lo que ocurre después: los comentarios en redes sociales.
“Debería tener prohibido circular”.
“Son un peligro”.
“Pocos caen”.
“Quién no quiera polvo que no vaya a la era”.
“Cada vez que muere un ciclista, como que duermo igual”.
Y así, uno tras otro, hasta completar una colección de mensajes que dibujan un escenario preocupante: una especie de normalización del rechazo hacia el ciclista. Una corriente de opinión que, sin matices, sitúa al que pedalea como el problema, nunca como la parte vulnerable.
Es aquí donde surge el concepto que da título a estas líneas: la ciclofobia.
No se trata de negar que existan comportamientos irresponsables por parte de algunos ciclistas. Los hay. Como también los hay entre conductores. Pero el discurso dominante parece haber invertido los papeles: el vehículo, pese a su potencial lesivo, se percibe como el elemento “natural” de la carretera, mientras que la bicicleta se convierte en una molestia, un obstáculo, casi una provocación.
Y sin embargo, conviene detenerse un momento. Si los vehículos circularan estrictamente a la velocidad permitida -en ciudad, en carreteras secundarias o en vías nacionales-, la diferencia real de tiempo en trayectos habituales sería mínima. Entre Calp y Moraira, por ejemplo, apenas unos minutos. Pero parece que la urgencia por llegar antes, aunque sea cinco minutos, pesa más que la seguridad.
En este contexto, resulta significativo escuchar voces como la de Andrés Contreras, referente en la concienciación sobre seguridad vial y superviviente de un atropello en el que murieron tres ciclistas de Xàbia. “Yo tengo que entrenar en Rodillo en Swift, Rouvy o en Spinning en el gimnasio porque me da miedo convivir en constante peligro y después en redes todos son valientes; luego les pasa algo y lloran”.
La frase no deja demasiado margen para la interpretación.
Conviene subrayarlo: quien escribe estas líneas no es ciclista. Está, de hecho, en el otro lado. En el del conductor que recorre a diario las carreteras de la Marina Alta y que, como tantos otros, se encuentra con grupos de ciclistas en determinados tramos. Pero precisamente por eso, la reflexión resulta inevitable.
Algo está fallando cuando la respuesta social ante la muerte de una persona en la carretera no es la empatía, sino el reproche.
Algo está fallando cuando se plantea abiertamente la prohibición de un colectivo en lugar de exigir infraestructuras adecuadas o el cumplimiento de las normas por todas las partes.
Y algo está fallando cuando una comarca que durante años defendió la movilidad sostenible observa ahora cómo crece un clima de tensión entre usuarios de la vía.
Quizá la cuestión no sea si sobran ciclistas o coches. Quizá la pregunta correcta sea si estamos preparados, como sociedad, para convivir en un mismo espacio.
Porque la carretera no es de unos ni de otros. Es de todos. Y en esa ecuación, el respeto no debería ser opcional.
Vicente Bolufer
















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