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Lunes, 06 de Abril de 2026

Actualizada Lunes, 06 de Abril de 2026 a las 12:22:20 horas

Lunes, 06 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'

Vecino. El pueblo honra. El poder posa.

O de cómo el pueblo sostiene lo esencial… Mientras el poder administra la escena.

Vecino,

 

hay cosas en un pueblo que no dependen del poder.

 

No nacen en un despacho.
No se programan en una concejalía.
No se sostienen con una nota de prensa.
Ni con un cargo en primera fila.

 

Siguen vivas por otra razón.

 

Porque un pueblo no las exhibe: Las lleva dentro.

 

La Semana Santa de Calp no la levantan quienes llegan cuando ya está todo preparado.
La levantan quienes están antes.
Quienes cargan.
Quienes ensayan.
Quienes cosen.
Quienes acompañan.
Quienes guardan silencio.
Quienes repiten un gesto heredado sin convertirlo en escaparate.

 


 

Por eso esta semana conviene empezar donde casi nunca empieza el poder:

 

No en la foto,
no en la representación,
no en la presencia de calendario,
sino en la verdad.

 

Y la verdad es esta:

 

La fe popular no necesita focos.
La tradición no necesita pose.
Y un pueblo distingue enseguida quién sostiene sus cosas… y quién simplemente pasa por ellas.

 

Porque una cosa es honrar una tradición.
Y otra usarla.

 

Una cosa es acompañar al pueblo.
Y otra dejarse ver entre él.

 


 

Eso tampoco es nuevo, Vecino.

 

Ya fue advertido hace siglos:
cuando la oración busca ser vista, deja de hablar de fe… y empieza a hablar de apariencia.

 

Ahí está la línea.

 

No entre creyentes y no creyentes.
No entre tradición y modernidad.

 

La línea está entre lo que se vive… Y lo que se usa.

 

Entre la verdad humilde del pueblo
y la tentación de acercarse a lo sagrado solo cuando da buena imagen.

 


 

Porque hay presencias que no nacen del respeto.
Nacen del cálculo.

 

Hay fervores muy visibles de calendario.
Y ausencias demasiado largas el resto del año.

 

Hay mucha solemnidad cuando hay cirios.
Y demasiada ligereza cuando toca gobernar lo serio:

 

la vivienda,
la espera,
el abandono de las urbanizaciones,
la seguridad que no se nota,
la estructura que siempre puede aplazarse un poco más.

 

Una procesión no corrige una mala prioridad.
Una foto no sustituye un plan.

 

Cuando el poder no tiene proyecto, administra clima.

 


 

Por eso esta columna no nace para discutir la Semana Santa.
Nace para proteger su verdad.

 

Porque cuando el poder se acerca a una tradición verdadera, tiene dos caminos.
Uno: Respetarla.
Otro: Utilizarla.

 

Utilizarla es convertir lo sagrado en atmósfera.
La herencia en escenografía.
La fe del pueblo en fondo de pantalla para parecer cerca de la gente… Sin estarlo cuando la vida aprieta.

 


 

Y por eso aquí aparece la diferencia moral que importa.

 

El pueblo honra.
El poder posa.

 

El pueblo permanece.
El poder comparece.

 

El pueblo carga.
El poder visita.

 

Hay quien vive una tradición.
Y hay quien la usa como escenario de proximidad.
Y no se trata de negar a nadie el derecho a estar.
Se trata de recordar algo más serio:

 

Estar no siempre significa pertenecer.
Aparecer no siempre significa sostener.

 


 

Porque después del incienso no queda solo la emoción.

 

Queda la ciudad.

 

Y la ciudad, incluso en estos días de recogimiento, ya vuelve a enseñar su otra cara:

 

no se puede aparcar.
Las aceras se invaden.
Los coches se amontonan.
El vecino da vueltas.
Y la sensación empieza a ser la misma de siempre:
que el calpino soporta… Lo que otros simplemente ocupan.

 

Ahí aparece otra vez la realidad paralela.

 

Por un lado, el pueblo honra una tradición que siente suya.
Por otro, el calpino empieza a vivir su propio pueblo bajo tensión.

 

Porque cuando llega la Semana Santa y ya cuesta aparcar, ya cuesta pasar, ya cuesta moverse, la pregunta deja de ser pequeña.

 

La pregunta es severa:

 

Si en abril Calp ya está así,
¿qué queda para agosto?

 

Porque una ciudad no se mide solo por lo bien que celebra.
Se mide por si quien vive en ella puede seguir habitándola sin sentirse expulsado a base de vueltas, saturación y resignación.

 

No es solo un problema de coches.

 

Es un síntoma de modelo.

 

De una ciudad que sabe convocar,
pero no ordenar.

 

Que sabe llenarse,
pero no proteger al que la sostiene todo el año.

 

Y cuando eso pasa, el vecino empieza a notar una verdad incómoda:

 

el visitante aparca como puede.
El calpino vive como le dejan.

 


 

Vecino,

 

hay cosas que no se usan.
Se honran.
Y un pueblo se honra entero,
no a ratos.

 

Se honra en la procesión, sí.
Pero también cuando termina la música
y el vecino no tiene que pelear su propio sitio entre coches, vueltas y saturación.

 

Porque ahí está la prueba.

 

No en la foto.
No en el saludo.
No en la presencia de calendario.

 

La prueba está en si el calpino puede vivir su pueblo
o solo soportarlo cuando llegan los días grandes.

 

Si en abril ya cuesta aparcar,
ya se invaden las aceras,
ya se aprieta la ciudad hasta parecer prestada,
entonces agosto no es una hipótesis.
Es una amenaza anunciada.

 

Y cuando el pueblo sigue honrando lo suyo
mientras el poder administra la escena,
la escena ya no engaña.
Solo delata.

 

Una vez leído,
no podrá ser desleído.

 

Francisco Ramón Perona García

 

AVE CALPINVS.
Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)

Jurista. Ciudadano. Incómodo.

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