Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'
Vecino. No gobiernan el problema: te adaptan a él.
O de cómo una mala gestión termina convirtiendo al vecino en el ajuste.
Vecino,
hay una forma muy clara de saber cuándo un poder ha dejado de gobernar bien.
No cuando se equivoca.
Eso puede pasar.
No cuando llega tarde.
Eso también.
Sino cuando, en vez de corregir el problema, empieza a corregirte a ti.
Cuando el camino está mal, pero no se arregla.
Cuando el riesgo existe, pero no se afronta.
Cuando la incomodidad crece, pero no se resuelve.
Y entonces llega la solución del poder:
no tocar el fallo,
tocar al vecino.
No arreglan el camino.
Te cambian la vida para no arreglarlo.
Eso es exactamente lo que empieza a verse en Calp cuando una administración deja de pensar la ciudad como responsabilidad y empieza a pensarla como gestión del perjuicio.
Si el acceso es estrecho y peligroso, no lo ensanchan.
Si el tráfico ha crecido, no adaptan la infraestructura.
Si el riesgo ya ha dado señales, no afrontan la raíz.
Hacen otra cosa.
Te cambian el sentido.
Te alargan la vuelta.
Te piden paciencia.
Y lo llaman solución.
Pero una solución que deja intacto el problema no es una solución.
Es una forma de desplazar el coste.
Y en Calp empieza a dar la sensación de que esa es ya una costumbre de gobierno: cuando no saben corregir lo que está mal, convierten al vecino en la pieza móvil del sistema.
Eso vale para un camino.
Pero no solo para un camino.
Vale para una casa que se derriba aunque el pueblo diga que no encaja.
Vale para una inversión que luce más de lo que sostiene.
Vale para una ciudad donde el poder parece más dispuesto a administrar el efecto que a resolver la causa.
Y ahí es donde el camí vell de Benissa deja de ser una incidencia local y se convierte en una prueba política.
Porque no estamos hablando solo de tráfico.
Estamos hablando de respeto.
Respeto al tiempo del vecino.
Respeto a su seguridad.
Respeto a su rutina.
Respeto a una idea básica: una administración existe para hacer habitable la ciudad, no para enseñarte cómo soportarla mejor.
El vecino de urbanización no vive del cartel.
No vive del vídeo.
No vive del titular amable.
Vive del acceso, del trayecto, de la luz, del asfalto, del riesgo y de la vuelta a casa.
Y además paga.
Paga IBI alto.
Paga basura.
Paga exacto.
Paga sin relato.
Paga sin foto.
Por eso aquí la herida es tan clara.
Porque cuando quien más sostiene recibe a cambio una solución que consiste en restringirle la vida para no afrontar bien el fallo, el mensaje es muy serio:
tu tiempo no es prioridad;
tu comodidad no es prioridad;
tu dignidad práctica no es prioridad.
Lo prioritario es salir del paso.
Y salir del paso no es gobernar.
Gobernar no es poner una señal donde faltó una decisión.
Gobernar no es convertir la mala previsión en obediencia del usuario.
Gobernar es asumir el coste de corregir de verdad.
Lo otro es más barato para quien manda.
Pero mucho más caro para quien vive.
Porque el poder solo ve una reordenación del tráfico.
El vecino ve tiempo perdido, rodeo y peligro mal resuelto.
Y ahí aparece la palabra exacta, Vecino: sacrificio.
No te sacrifican en grande.
Te sacrifican en pequeño.
En el rodeo,
en la espera,
en el acceso peor,
en la solución que no arregla.
Por eso esta historia importa tanto.
Porque no va solo de Empedrola.
Va del momento en que una ciudad empieza a acostumbrarse a una forma de mando donde los errores públicos no se corrigen: se redistribuyen.
Y entonces la pregunta ya no es técnica.
Es moral.
¿Para qué sirve un gobierno si, cuando el problema toca la vida real, no lo resuelve, sino que reorganiza la carga del que lo sufre?
Eso no es autoridad.
Eso es comodidad de despacho.
Y un poder cómodo suele tener una imaginación muy pobre:
si no sabe ensanchar el camino, estrecha la libertad del vecino.
Si no sabe corregir la raíz, regula la consecuencia.
Por eso esta historia conecta con demasiadas otras.
Con la urbanización que espera.
Con la farola que tarda.
Con la seguridad que no se nota.
Todo forma parte del mismo lenguaje.
El lenguaje de una administración que, cuando no logra estar a la altura del problema, deja de servir al vecino y empieza a enseñarle cómo convivir con su insuficiencia.
Vecino,
no confundas circulación con solución.
No confundas regulación con gobierno.
No confundas parche con respeto.
Porque cuando un camino sigue mal y solo cambia el sentido, no se ha resuelto nada.
Solo se ha decidido quién paga la incomodidad.
Y en Calp empieza a notarse una verdad fea:
cuando la gestión falla, la factura no siempre llega en dinero.
A veces llega en tiempo.
En miedo.
En rodeo.
En paciencia obligada.
En vida empequeñecida.
No gobiernan el problema.
Te adaptan a él.
Y una ciudad que acepta eso demasiado tiempo termina aprendiendo a llamar normal a lo que solo era una mala forma de mandar.
Una vez leído, no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

Vecino,
hay una forma muy clara de saber cuándo un poder ha dejado de gobernar bien.
No cuando se equivoca.
Eso puede pasar.
No cuando llega tarde.
Eso también.
Sino cuando, en vez de corregir el problema, empieza a corregirte a ti.
Cuando el camino está mal, pero no se arregla.
Cuando el riesgo existe, pero no se afronta.
Cuando la incomodidad crece, pero no se resuelve.
Y entonces llega la solución del poder:
no tocar el fallo,
tocar al vecino.
No arreglan el camino.
Te cambian la vida para no arreglarlo.
Eso es exactamente lo que empieza a verse en Calp cuando una administración deja de pensar la ciudad como responsabilidad y empieza a pensarla como gestión del perjuicio.
Si el acceso es estrecho y peligroso, no lo ensanchan.
Si el tráfico ha crecido, no adaptan la infraestructura.
Si el riesgo ya ha dado señales, no afrontan la raíz.
Hacen otra cosa.
Te cambian el sentido.
Te alargan la vuelta.
Te piden paciencia.
Y lo llaman solución.
Pero una solución que deja intacto el problema no es una solución.
Es una forma de desplazar el coste.
Y en Calp empieza a dar la sensación de que esa es ya una costumbre de gobierno: cuando no saben corregir lo que está mal, convierten al vecino en la pieza móvil del sistema.
Eso vale para un camino.
Pero no solo para un camino.
Vale para una casa que se derriba aunque el pueblo diga que no encaja.
Vale para una inversión que luce más de lo que sostiene.
Vale para una ciudad donde el poder parece más dispuesto a administrar el efecto que a resolver la causa.
Y ahí es donde el camí vell de Benissa deja de ser una incidencia local y se convierte en una prueba política.
Porque no estamos hablando solo de tráfico.
Estamos hablando de respeto.
Respeto al tiempo del vecino.
Respeto a su seguridad.
Respeto a su rutina.
Respeto a una idea básica: una administración existe para hacer habitable la ciudad, no para enseñarte cómo soportarla mejor.
El vecino de urbanización no vive del cartel.
No vive del vídeo.
No vive del titular amable.
Vive del acceso, del trayecto, de la luz, del asfalto, del riesgo y de la vuelta a casa.
Y además paga.
Paga IBI alto.
Paga basura.
Paga exacto.
Paga sin relato.
Paga sin foto.
Por eso aquí la herida es tan clara.
Porque cuando quien más sostiene recibe a cambio una solución que consiste en restringirle la vida para no afrontar bien el fallo, el mensaje es muy serio:
tu tiempo no es prioridad;
tu comodidad no es prioridad;
tu dignidad práctica no es prioridad.
Lo prioritario es salir del paso.
Y salir del paso no es gobernar.
Gobernar no es poner una señal donde faltó una decisión.
Gobernar no es convertir la mala previsión en obediencia del usuario.
Gobernar es asumir el coste de corregir de verdad.
Lo otro es más barato para quien manda.
Pero mucho más caro para quien vive.
Porque el poder solo ve una reordenación del tráfico.
El vecino ve tiempo perdido, rodeo y peligro mal resuelto.
Y ahí aparece la palabra exacta, Vecino: sacrificio.
No te sacrifican en grande.
Te sacrifican en pequeño.
En el rodeo,
en la espera,
en el acceso peor,
en la solución que no arregla.
Por eso esta historia importa tanto.
Porque no va solo de Empedrola.
Va del momento en que una ciudad empieza a acostumbrarse a una forma de mando donde los errores públicos no se corrigen: se redistribuyen.
Y entonces la pregunta ya no es técnica.
Es moral.
¿Para qué sirve un gobierno si, cuando el problema toca la vida real, no lo resuelve, sino que reorganiza la carga del que lo sufre?
Eso no es autoridad.
Eso es comodidad de despacho.
Y un poder cómodo suele tener una imaginación muy pobre:
si no sabe ensanchar el camino, estrecha la libertad del vecino.
Si no sabe corregir la raíz, regula la consecuencia.
Por eso esta historia conecta con demasiadas otras.
Con la urbanización que espera.
Con la farola que tarda.
Con la seguridad que no se nota.
Todo forma parte del mismo lenguaje.
El lenguaje de una administración que, cuando no logra estar a la altura del problema, deja de servir al vecino y empieza a enseñarle cómo convivir con su insuficiencia.
Vecino,
no confundas circulación con solución.
No confundas regulación con gobierno.
No confundas parche con respeto.
Porque cuando un camino sigue mal y solo cambia el sentido, no se ha resuelto nada.
Solo se ha decidido quién paga la incomodidad.
Y en Calp empieza a notarse una verdad fea:
cuando la gestión falla, la factura no siempre llega en dinero.
A veces llega en tiempo.
En miedo.
En rodeo.
En paciencia obligada.
En vida empequeñecida.
No gobiernan el problema.
Te adaptan a él.
Y una ciudad que acepta eso demasiado tiempo termina aprendiendo a llamar normal a lo que solo era una mala forma de mandar.
Una vez leído, no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.113