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Lunes, 23 de Marzo de 2026

Actualizada Lunes, 23 de Marzo de 2026 a las 13:37:58 horas

Lunes, 23 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:
Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'

Vecino. ¿Era esto lo que tocaba?

O de cómo una ciudad empieza a perderse cuando el poder ya no ordena las urgencias, sino las apariencias.

Vecino.

 

Una ciudad no empieza a perderse cuando deja de hacer cosas.
Empieza a perderse cuando deja de saber qué tocaba primero.

 

Porque gobernar no es inaugurar.
No es sumar piezas.
No es encadenar anuncios hasta que el ruido parezca rumbo.

 

Gobernar es algo más serio:
mirar una ciudad, reconocer sus urgencias y decidir con un orden que pueda sostenerse ante la conciencia del vecino.

 

Y ahí es donde empieza hoy la pregunta incómoda.
No si esto era bonito.
No si aquello era útil.
No si aquello otro podía defenderse en una nota de prensa.

 

La pregunta es otra.
Más simple. Más dura. Más peligrosa.

 

¿Era esto lo que tocaba?

 


 

Porque el problema de nuestro tiempo no es que el poder no haga nada.
El problema es que ha aprendido a parecer.

 

A parecer activo.
A parecer cercano.
A parecer útil.
A parecer sensible.
A parecer en marcha.

 

Y cuando un poder aprende a parecer, corre un riesgo muy concreto:
deja de preguntarse si está resolviendo la ciudad y empieza a preguntarse si está ocupando bien el escaparate.

 

No es una anomalía.
Es un método.

 

Siempre hay una imagen.
Siempre hay una visita.
Siempre hay una mejora defendible.
Siempre hay una pieza que enseñar para que el conjunto no sea mirado demasiado tiempo.

 

Pero una ciudad no se gobierna desde la superficie.
Se gobierna desde el orden interior de sus necesidades.

 

Y por eso el problema no está solo en cada anuncio, en cada inauguración o en cada novedad amable.

 

Está en el orden que esas novedades revelan.

 


 

Porque esa es la trampa más eficaz del poder cansado:

 

No presentarse ya como quien transforma una ciudad,
sino como quien la mantiene en circulación.

 

Que haya cosas.
Que haya actos.
Que haya agenda.
Que haya novedad.
Que haya algo que enseñar antes de que alguien se detenga demasiado en lo que sigue sin resolverse.

 

Y así, poco a poco, la vida pública se llena de piezas que, vistas por separado, pueden parecer razonables, mientras el vecino empieza a notar que el conjunto no mejora con el mismo orden con el que se anuncia.

 

Ese es el verdadero problema.

 

No que cada decisión sea absurda.
Sino que demasiadas decisiones empiezan a parecer elegidas no por su urgencia, sino por su capacidad de ser mostradas.

 


 

Y esta semana Calp ha vuelto a dar varias pruebas de esa deriva.

 

Ya lo vimos hace apenas unos días: cuando la plaza exige sentido, el poder responde con catálogo, porque una lista larga enfría mejor que una explicación honesta.

 

No porque no hayan pasado cosas.
Precisamente porque han pasado muchas.

 

Hubo consultorio.
Hubo gimnasio.
Hubo carteles.
Hubo cultura.
Hubo agenda.
Hubo ciudad viva.

 

Y casi todo, mirado deprisa, podía defenderse.

 

El problema aparece cuando se mira junto:


Cuando una respuesta parcial se exhibe como si cerrara un problema entero;
cuando una inversión vistosa se presenta como avance aunque deje intacta la pregunta sobre qué urgencias seguían esperando;
y cuando, además, siguen aflorando decisiones mal medidas cuyo coste no paga el error político que las alumbró, sino el vecino.

 


 

Porque, al final, gobernar no es solo decidir qué se hace.
Es decidir a quién se respeta primero.
 

Y el orden de prioridades, en una ciudad seria, no es decoración técnica: es respeto al vecino.

 

El consultorio de la Fossa no exige negar una mejora.
Exige negarse a confundir un alivio con una solución.
Puede ayudar. Claro.
Lo indecente empieza cuando se exhibe como si cerrara un problema que sigue abierto.

 

El gimnasio exterior plantea otra verdad incómoda.
No hace falta que algo sea malo para estar mal elegido.

 

Basta con que llegue antes que necesidades más viejas, más básicas y sentidas por el vecino.

 

Y el parking inundable ya no habla solo de apariencia.
Habla del precio del mal criterio:
decidir mal, corregir tarde y pasarle la factura al pueblo.

 

Si a eso se suma la deriva y grotesca de Casa Beltrán, atrapada entre retrasos y sensación de cachondeo, el retrato se aclara solo.

 

No estamos ante una ciudad sin actividad.
Estamos ante algo más inquietante:
una ciudad donde casi todo puede parecer defendible por separado,
mientras el conjunto empieza a oler a pérdida de criterio.

 


 

Vecino.


Ese es el punto en que una ciudad empieza a perderse de verdad.
No cuando deja de inaugurar.
No cuando se queda quieta.
Sino cuando ya no sabe distinguir entre lo urgente y lo exhibible.

 

Entre lo que alivia una foto y lo que sostiene una vida.
Entre lo que se puede enseñar hoy y lo que debía haberse resuelto antes.

 

Porque gobernar no consiste en mantener la circulación de anuncios.
Consiste en responder ante la conciencia del vecino por el orden de las decisiones.

 

Y cuando ese orden se rompe, todo puede seguir funcionando en la superficie durante un tiempo.

 

Habrá agenda.
Habrá visitas.
Habrá titulares.
Habrá piezas nuevas.

 

Pero por dentro la ciudad ya habrá empezado a perder su brújula.
Porque una ciudad puede soportar mucho tiempo el clima.
Lo que no puede soportar indefinidamente es una estructura aplazada.

 

Por eso la pregunta sigue en pie:

 

¿Era esto lo que tocaba?

 

Si la respuesta no puede sostenerse sin cartel, sin foto y sin nota de prensa, entonces no era prioridad.

 

Era escaparate.
 

Una vez leído, no podrá ser desleído.
AVE CALPINVS.

 

Francisco Ramón Perona García

 

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

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