Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'
Vecino. Cuando falla el plan, el poder persigue a la voz.
O de cómo se discute quién puede hablar cuando debería discutirse qué se va a hacer.
Vecino,
esta semana en Calp no se habló de lo esencial.
No se habló de planes verificables.
No se habló de fechas.
No se habló de prioridades.
No se habló de documentos.
Se habló de otra cosa: de la voz.
De perfiles.
De anonimato.
De límites.
De respeto.
De moral.
Y cuando una ciudad cambia el tema así, no es casualidad.
Es señal.
Es la señal de siempre:
Cuando falla el plan, el poder cambia de campo.
────────────────────────────────────────────
Que quede claro, vecino:
el insulto no es crítica.
la suplantación no es control ciudadano.
el ataque personal no construye nada.
Eso sobra.
Pero una cosa es condenar el barro.
Y otra, usar el barro como excusa para enfriar la crítica.
Porque esta semana la consigna sonaba «virtuosa»:
«Cara y nombre», «respeto», «identidad».
Y en un pueblo pequeño eso produce un efecto real:
mucha gente calla.
No porque no tenga razón,
sino porque tiene negocio, trabajo, clientes, vida.
Y sabe que aquí las represalias no siempre son oficiales:
a veces son silenciosas.
Eso tiene un nombre simple:
espiral del silencio.
────────────────────────────────────────────
Esta semana se instaló una idea peligrosa, con apariencia de virtud:
«Para opinar, cara y nombre».
«Para criticar, identidad».
«Para señalar, que se sepa quién eres».
Suena moral.
Suena ordenado.
Suena razonable.
Pero piensa un segundo: el efecto real no es la limpieza.
El efecto real es el silencio.
Porque Calp no es una tribuna nacional donde nadie te conoce.
Calp es un lugar donde:
• tienes un negocio,
• trabajas para otros,
• dependes de clientes,
• dependes de contratos,
• y las represalias no siempre son formales: a veces son silenciosas.
Por eso mucha gente calla.
No porque no tenga opinión.
Sino porque sabe lo que cuesta hablar.
Eso, vecino, tiene un nombre antiguo y muy humano:
espiral del silencio.
Y si el poder consigue que hablar sea «arriesgado»,
ya no necesita mejorar la gestión:
le basta con que nadie la critique.
────────────────────────────────────────────
Aquí está la contradicción que lo retrata todo:
El poder se expone 24/7 en redes.
Publica, posa, edita, celebra.
Convierte lo mínimo en relato.
Pero cuando el vecino pregunta,
cuando la calle critica,
cuando se pide plan,
de pronto el problema ya no es la gestión:
el problema es «cómo lo dices»,
«quién lo dice»,
«si tienes nombre».
Es el truco viejo:
cuando no puedes responder con hechos,
discutes el carné de quien pregunta.
Como el jefe que, cuando le pides resultados, te contesta:
«primero dime el tono».
Claro que el tono importa.
Pero el trabajo también.
────────────────────────────────────────────
La clave de la semana cabe en una frase:
límites al vecino; cero límites al caos institucional.
Se piden límites para hablar.
Pero no se fijan límites para lo esencial:
- plan,
- datos,
- plazos,
- responsabilidades.
Se vigila la voz,
pero no se publica el documento.
Y aquí va la pregunta que lo resume todo:
Si me pides cara y nombre para opinar, ¿me das fecha y firma para cumplir?
────────────────────────────────────────────
La respuesta cívica es simple y adulta:
Barro no.
Insulto no.
Difamación no.
Pero crítica, sí.
Y sobre todo: documento.
Si el poder quiere orden, que empiece por ordenar lo suyo:
que diga qué hará, con qué datos, para cuándo, y dónde está escrito.
Porque una democracia sana no se rompe por la crítica.
Se rompe cuando la crítica se vuelve «peligrosa».
────────────────────────────────────────────
Te lo aterrizo en un caso que atraviesa todo: acceso de la vivienda en Calpe.
Aquí se está expulsando al vecino local.
No porque quiera irse.
Porque no puede quedarse.
Y cuando preguntas, siempre aparece la misma niebla:
«es el mercado».
«es la costa».
«es Europa».
«es el mundo».
Puede ser.
Pero la pregunta que nadie contesta es otra, más concreta:
¿Dónde está el plan de vivienda?
¿Qué datos se publican?
¿Qué plazos hay este año?
¿En qué documento está por escrito y quién lo firma?
Si el poder exige «nombre» al vecino, perfecto.
Que empiece él: firma institucional, fechas y compromiso público.
────────────────────────────────────────────
Vecino.
Que quede escrito:
cuando falla el plan,
el poder intenta perseguir a la voz.
Y un pueblo que acepta eso
pierde algo más que un debate en Facebook:
pierde el derecho a vigilar a quien manda.
Insulto no.
Pero crítica, sí.
Y lo que manda en una ciudad seria no es la moralina:
son los documentos.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
Hasta el próximo lunes, Legión.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

Vecino,
esta semana en Calp no se habló de lo esencial.
No se habló de planes verificables.
No se habló de fechas.
No se habló de prioridades.
No se habló de documentos.
Se habló de otra cosa: de la voz.
De perfiles.
De anonimato.
De límites.
De respeto.
De moral.
Y cuando una ciudad cambia el tema así, no es casualidad.
Es señal.
Es la señal de siempre:
Cuando falla el plan, el poder cambia de campo.
────────────────────────────────────────────
Que quede claro, vecino:
el insulto no es crítica.
la suplantación no es control ciudadano.
el ataque personal no construye nada.
Eso sobra.
Pero una cosa es condenar el barro.
Y otra, usar el barro como excusa para enfriar la crítica.
Porque esta semana la consigna sonaba «virtuosa»:
«Cara y nombre», «respeto», «identidad».
Y en un pueblo pequeño eso produce un efecto real:
mucha gente calla.
No porque no tenga razón,
sino porque tiene negocio, trabajo, clientes, vida.
Y sabe que aquí las represalias no siempre son oficiales:
a veces son silenciosas.
Eso tiene un nombre simple:
espiral del silencio.
────────────────────────────────────────────
Esta semana se instaló una idea peligrosa, con apariencia de virtud:
«Para opinar, cara y nombre».
«Para criticar, identidad».
«Para señalar, que se sepa quién eres».
Suena moral.
Suena ordenado.
Suena razonable.
Pero piensa un segundo: el efecto real no es la limpieza.
El efecto real es el silencio.
Porque Calp no es una tribuna nacional donde nadie te conoce.
Calp es un lugar donde:
• tienes un negocio,
• trabajas para otros,
• dependes de clientes,
• dependes de contratos,
• y las represalias no siempre son formales: a veces son silenciosas.
Por eso mucha gente calla.
No porque no tenga opinión.
Sino porque sabe lo que cuesta hablar.
Eso, vecino, tiene un nombre antiguo y muy humano:
espiral del silencio.
Y si el poder consigue que hablar sea «arriesgado»,
ya no necesita mejorar la gestión:
le basta con que nadie la critique.
────────────────────────────────────────────
Aquí está la contradicción que lo retrata todo:
El poder se expone 24/7 en redes.
Publica, posa, edita, celebra.
Convierte lo mínimo en relato.
Pero cuando el vecino pregunta,
cuando la calle critica,
cuando se pide plan,
de pronto el problema ya no es la gestión:
el problema es «cómo lo dices»,
«quién lo dice»,
«si tienes nombre».
Es el truco viejo:
cuando no puedes responder con hechos,
discutes el carné de quien pregunta.
Como el jefe que, cuando le pides resultados, te contesta:
«primero dime el tono».
Claro que el tono importa.
Pero el trabajo también.
────────────────────────────────────────────
La clave de la semana cabe en una frase:
límites al vecino; cero límites al caos institucional.
Se piden límites para hablar.
Pero no se fijan límites para lo esencial:
- plan,
- datos,
- plazos,
- responsabilidades.
Se vigila la voz,
pero no se publica el documento.
Y aquí va la pregunta que lo resume todo:
Si me pides cara y nombre para opinar, ¿me das fecha y firma para cumplir?
────────────────────────────────────────────
La respuesta cívica es simple y adulta:
Barro no.
Insulto no.
Difamación no.
Pero crítica, sí.
Y sobre todo: documento.
Si el poder quiere orden, que empiece por ordenar lo suyo:
que diga qué hará, con qué datos, para cuándo, y dónde está escrito.
Porque una democracia sana no se rompe por la crítica.
Se rompe cuando la crítica se vuelve «peligrosa».
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Te lo aterrizo en un caso que atraviesa todo: acceso de la vivienda en Calpe.
Aquí se está expulsando al vecino local.
No porque quiera irse.
Porque no puede quedarse.
Y cuando preguntas, siempre aparece la misma niebla:
«es el mercado».
«es la costa».
«es Europa».
«es el mundo».
Puede ser.
Pero la pregunta que nadie contesta es otra, más concreta:
¿Dónde está el plan de vivienda?
¿Qué datos se publican?
¿Qué plazos hay este año?
¿En qué documento está por escrito y quién lo firma?
Si el poder exige «nombre» al vecino, perfecto.
Que empiece él: firma institucional, fechas y compromiso público.
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Vecino.
Que quede escrito:
cuando falla el plan,
el poder intenta perseguir a la voz.
Y un pueblo que acepta eso
pierde algo más que un debate en Facebook:
pierde el derecho a vigilar a quien manda.
Insulto no.
Pero crítica, sí.
Y lo que manda en una ciudad seria no es la moralina:
son los documentos.
Una vez leído,
no podrá ser desleído.
Hasta el próximo lunes, Legión.
AVE CALPINVS.

Francisco Ramón Perona García (@fran_rpg)
Jurista. Ciudadano. Incómodo.





















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