Artículo de opinión de Calp - Columna 'Los lunes negros'
Vecino. En FITUR todo es excelencia. En Calp todo es espera
O de cómo el escenario tapa la capacidad.
Vecino,
estos días Calp se presenta como una ciudad inteligente.
Destino.
Marca.
Agenda.
365 días.
Salones grandes, palabras grandes y fotos limpias.
Poder, oposición…
todos alrededor del mismo altar turístico.
Aquí se critican todo el año.
Allí,
comparten relato y hashtags.
Cuando el tablero es feria,
hasta los que dicen ir “a la contra”
se hacen hueco en la foto.
El poder habla de gobernanza, innovación, desestacionalización.
Habla de «modelo».
Habla de «estrategia».
Y el vecino, mientras tanto, habla de otra cosa:
de si puede vivir aquí sin sentir que todo es cuesta arriba.
Hay una realidad paralela que se fabrica desde arriba.
La del sello. La del congreso. La de la excelencia en pantalla.
Y hay otra realidad, más tozuda, que no cabe en un dossier:
la de la calle.
Por eso, cada vez que el poder publica «destino»,
los comentarios ciudadanos devuelven «capacidad».
No discuten el turismo.
No discuten el deporte.
Discuten lo que sostiene la vida:
aceras, aparcamiento, convivencia, servicios, alquiler.
El poder vende clima.
El vecino pide estructura.
El problema no es que se hable de excelencia.
El problema es que el vecino vive otra cosa: espera.
Espera sitio.
Espera respuesta.
Espera que la ciudad no le expulse.
Y lo más revelador es que esa realidad no hay que inventarla: aparece sola.
Bajo el propio relato institucional, la conversación ciudadana volvió a lo de siempre: aparcamiento, vivienda, limpieza, servicios, vertidos.
Ese contraste es el dato.
No el premio.
«Inteligente» no es un sello.
Es un sistema verificable.
Una ciudad inteligente publica prioridades.
Marca plazos.
Mide resultados.
Y responde por escrito.
Si no hay instrumentos visibles —plan, hitos, indicadores— «inteligente» se queda en etiqueta.
Y una etiqueta no reduce la espera.
Aquí está la cuestión: ¿el poder para quien gobierna?
Una ciudad que presume de excelencia, pero en la práctica expulsa a quien vive y trabaja aquí, no está mejorando: está cambiando de dueño.
Eso ya lo hemos dicho antes con otra palabra: pertenencia.
Porque pertenencia no es un sentimiento. Es una posibilidad material: poder quedarte.
Y cuando la vida se vuelve una subasta silenciosa, el pueblo deja de ser pueblo y pasa a ser escaparate.
Y aquí entra la parte que no admite maquillaje.
Una ciudad puede ser brillante en feria y frágil en urgencias.
Puede ser “inteligente” en un vídeo y torpe en minutos.
Ya lo vivimos en la ambulancia.
Ya lo advertimos en pediatría.
Si lo básico no está asegurado, la excelencia no es excelencia.
Es decorado con luz.
No son temas distintos: turismo, vivienda, sanidad.
Es la misma pregunta, repetida con distintos nombres:
¿qué garantiza Calp al que vive aquí?
Porque si el poder vive en un escenario y el pueblo vive en una sala de espera, entonces no estamos ante gestión: estamos ante realidades paralelas.
No hace falta negar el valor del turismo.
Ni del deporte.
Ni de la promoción.
Lo que hace falta es aplicar un criterio simple:
Una ciudad no es inteligente por lo que exhibe.
Lo es por lo que garantiza.
Garantiza que el vecino pueda quedarse.
Garantiza que un niño tenga tiempo clínico.
Garantiza que una urgencia tenga respuesta.
Todo lo demás es escaparate.
Vecino,
En las fotos de IFEMA verás trajes, logos y focos.
Este Lunes Negro prefiere verte a ti:
cruzando el pueblo con prisa,
buscando hueco,
pensando si dentro de unos años
aún podrás seguir aquí.
Porque eres TÚ,
no el stand,
quien sostiene esta ciudad:
con TÚ trabajo,
TÚ paciencia,
TÚ capacidad para aguantar
mientras OTROS hacen networking entre pasillos.
Que no se diga que nadie lo advirtió:
si Calp se convierte solo en lo que se enseña en FITUR
y no en un lugar vivible para su gente,
un día tendremos un destino brillante…
sin pueblo que lo habite.
Una vez leído, no podrá ser desleído.
Y si hoy es tu primera vez aquí, no estás solo: ya somos muchos.
No hace falta uniforme; basta con esa conciencia pequeña que despierta.
Hasta el próximo lunes, Legión.
AVE CALPINVS.
Francisco Ramón Perona García
Jurista. Ciudadano. Incómodo.

Vecino,
estos días Calp se presenta como una ciudad inteligente.
Destino.
Marca.
Agenda.
365 días.
Salones grandes, palabras grandes y fotos limpias.
Poder, oposición…
todos alrededor del mismo altar turístico.
Aquí se critican todo el año.
Allí,
comparten relato y hashtags.
Cuando el tablero es feria,
hasta los que dicen ir “a la contra”
se hacen hueco en la foto.
El poder habla de gobernanza, innovación, desestacionalización.
Habla de «modelo».
Habla de «estrategia».
Y el vecino, mientras tanto, habla de otra cosa:
de si puede vivir aquí sin sentir que todo es cuesta arriba.
Hay una realidad paralela que se fabrica desde arriba.
La del sello. La del congreso. La de la excelencia en pantalla.
Y hay otra realidad, más tozuda, que no cabe en un dossier:
la de la calle.
Por eso, cada vez que el poder publica «destino»,
los comentarios ciudadanos devuelven «capacidad».
No discuten el turismo.
No discuten el deporte.
Discuten lo que sostiene la vida:
aceras, aparcamiento, convivencia, servicios, alquiler.
El poder vende clima.
El vecino pide estructura.
El problema no es que se hable de excelencia.
El problema es que el vecino vive otra cosa: espera.
Espera sitio.
Espera respuesta.
Espera que la ciudad no le expulse.
Y lo más revelador es que esa realidad no hay que inventarla: aparece sola.
Bajo el propio relato institucional, la conversación ciudadana volvió a lo de siempre: aparcamiento, vivienda, limpieza, servicios, vertidos.
Ese contraste es el dato.
No el premio.
«Inteligente» no es un sello.
Es un sistema verificable.
Una ciudad inteligente publica prioridades.
Marca plazos.
Mide resultados.
Y responde por escrito.
Si no hay instrumentos visibles —plan, hitos, indicadores— «inteligente» se queda en etiqueta.
Y una etiqueta no reduce la espera.
Aquí está la cuestión: ¿el poder para quien gobierna?
Una ciudad que presume de excelencia, pero en la práctica expulsa a quien vive y trabaja aquí, no está mejorando: está cambiando de dueño.
Eso ya lo hemos dicho antes con otra palabra: pertenencia.
Porque pertenencia no es un sentimiento. Es una posibilidad material: poder quedarte.
Y cuando la vida se vuelve una subasta silenciosa, el pueblo deja de ser pueblo y pasa a ser escaparate.
Y aquí entra la parte que no admite maquillaje.
Una ciudad puede ser brillante en feria y frágil en urgencias.
Puede ser “inteligente” en un vídeo y torpe en minutos.
Ya lo vivimos en la ambulancia.
Ya lo advertimos en pediatría.
Si lo básico no está asegurado, la excelencia no es excelencia.
Es decorado con luz.
No son temas distintos: turismo, vivienda, sanidad.
Es la misma pregunta, repetida con distintos nombres:
¿qué garantiza Calp al que vive aquí?
Porque si el poder vive en un escenario y el pueblo vive en una sala de espera, entonces no estamos ante gestión: estamos ante realidades paralelas.
No hace falta negar el valor del turismo.
Ni del deporte.
Ni de la promoción.
Lo que hace falta es aplicar un criterio simple:
Una ciudad no es inteligente por lo que exhibe.
Lo es por lo que garantiza.
Garantiza que el vecino pueda quedarse.
Garantiza que un niño tenga tiempo clínico.
Garantiza que una urgencia tenga respuesta.
Todo lo demás es escaparate.
Vecino,
En las fotos de IFEMA verás trajes, logos y focos.
Este Lunes Negro prefiere verte a ti:
cruzando el pueblo con prisa,
buscando hueco,
pensando si dentro de unos años
aún podrás seguir aquí.
Porque eres TÚ,
no el stand,
quien sostiene esta ciudad:
con TÚ trabajo,
TÚ paciencia,
TÚ capacidad para aguantar
mientras OTROS hacen networking entre pasillos.
Que no se diga que nadie lo advirtió:
si Calp se convierte solo en lo que se enseña en FITUR
y no en un lugar vivible para su gente,
un día tendremos un destino brillante…
sin pueblo que lo habite.
Una vez leído, no podrá ser desleído.
Y si hoy es tu primera vez aquí, no estás solo: ya somos muchos.
No hace falta uniforme; basta con esa conciencia pequeña que despierta.
Hasta el próximo lunes, Legión.
AVE CALPINVS.
Francisco Ramón Perona García
Jurista. Ciudadano. Incómodo.




















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