Editorial
La generación que no tiene cabida en Calp
Cuando no hay iniciativa, uno empieza a preguntarse si este también es su lugar mientras busca fuera lo que no encuentra en casa
Crecer en Calp implica, para muchos jóvenes, asumir que el ocio no forma parte de la agenda cotidiana del municipio. No por falta de interés, de tiempo o de ganas, sino por la ausencia de una oferta pensada para ellos, continuada en el tiempo y conectada con sus inquietudes. Mientras el pueblo despliega recursos, eventos y programación para otros públicos, una generación entera aprende a convivir con el vacío y con la sensación de que sus necesidades lúdicas siempre pueden esperar. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser el entretenimiento y pasa a ser la posición que se le concede a la juventud dentro del proyecto colectivo.
Calp se vende al mundo como un destino vivo, activo durante todo el año, capaz de ofrecer experiencias para públicos diversos. Una postal cuidada que funciona hacia fuera, pero que empieza a resquebrajarse cuando se mira hacia dentro, especialmente cuando la mirada se posa sobre los jóvenes. Porque no todas las generaciones encuentran su lugar en ese relato de éxito.
La falta de actividades estables, de alternativas reales de ocio y, en particular, de espacios vinculados al ocio nocturno, no es una queja aislada ni una moda pasajera. Es una conversación repetida, casi resignada, entre quienes han crecido aquí y entre quienes aún intentan hacerlo sin sentirse de paso. Jóvenes que no piden privilegios, sino opciones.
En Calp, ser joven implica moverse en un escenario estrecho. Un menú corto, previsible, sostenido por iniciativas puntuales o por propuestas privadas que no siempre están al alcance de todos. La ausencia de una programación pensada con continuidad y con ambición condena el ocio juvenil a la improvisación… o a la carretera. Porque cuando el plan siempre está fuera, el vínculo con el pueblo empieza a romperse.
Las consecuencias no se limitan al tiempo libre. Afectan al arraigo, a la identidad y a la forma en la que una generación se relaciona con su entorno. Cuando la cultura, el ocio y la noche se viven sistemáticamente en otros municipios, Calp deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en un lugar funcional: se duerme, se trabaja y se espera. Esperar a tener edad, dinero o razones para marcharse.
Y no, no todo es casualidad. La gestión pública en materia de juventud tampoco ha sabido, o querido, leer esta realidad. Tras siete años en las mismas manos, no hay proyecto, ni agenda reconocible, a pesar del impulso de un Youth Club convertido en oportunidad perdida. Acciones aisladas, pocas, que pasan sin dejar huella, sin pena ni gloria, evidenciando una dependencia casi absoluta del impulso comarcal de la Xarxa Jove de la MACMA o de programas autonómicos del IVAJ. Sin estrategia propia. Sin mirada local. Mientras tanto, algunas iniciativas privadas intentan sostener lo que debería ser una política pública.
A todo ello se suma la agonía del ocio nocturno. Salir una noche en Calp se ha convertido en un ritual previsible: tomar algo por la tarde, una buena cena y, después, el vacío. “¿Y ahora qué?”. Esa pregunta, repetida una y otra vez, define mejor que cualquier estadística la experiencia de muchos jóvenes. Un karaoke puede ser divertido una vez. Dos, aceptable. A la tercera, simplemente confirma que no hay mucho más.
El impacto tampoco es menor en clave turística. Un destino sin opciones para jóvenes y que se apaga al caer la noche pierde atractivo, pierde relato y pierde futuro. La experiencia lo demuestra: jóvenes que llegan a Calp, pasan varias noches y se marchan con la conclusión clara que no volverían a elegirlo. No es una crítica sofisticada. Es una sensación. Y las sensaciones, en turismo y en la vida, pesan.
La comparación resulta inevitable cuando se observa lo que ocurre en el entorno más cercano. Sin salir de la Marina Alta, Dénia y Xàbia, gobernadas por opciones políticas distintas, coinciden en algo esencial: la juventud forma parte de su agenda. Programaciones estables, ciclos culturales, comedias, actividades lúdicas, propuestas creativas y una oferta de ocio nocturno activa durante todo el año, diferenciada y coherente con la identidad de cada municipio. Dos modelos distintos, sí, pero con un denominador común: entender que invertir en ocio juvenil es una apuesta de futuro.
Si se amplía la mirada hacia la Marina Baixa, el contraste se acentúa aún más. L’Alfàs del Pi se ha consolidado como un referente comarcal gracias a una programación juvenil constante, diversa y bien estructurada, mientras que La Nucía ha convertido el ocio, el deporte y las iniciativas dirigidas a jóvenes en uno de los ejes de su modelo municipal. No son municipios más grandes ni con más recursos extraordinarios, sino localidades que han decidido escuchar, planificar y actuar.
Calp tiene juventud. Tiene espacios. Tiene potencial. Lo que sigue faltando es voluntad, planificación y escucha. Seguimos sin una apuesta decidida para que esa generación deje de sentirse invitada temporal en su propio pueblo.
Quizá lo más honesto sea admitir que no se está a la altura. Salir y cerrar la puerta. No sin antes dirigirse al pueblo y decir sin rodeos: “Lo siento, jóvenes, por no haberos escuchado a tiempo. Lo siento por haber confundido silencio con conformidad”.
Y yo lo siento también… por todos nosotros.
Juan José Martínez Sendra
Jefe de Redacción en www.calpdigital.es

Crecer en Calp implica, para muchos jóvenes, asumir que el ocio no forma parte de la agenda cotidiana del municipio. No por falta de interés, de tiempo o de ganas, sino por la ausencia de una oferta pensada para ellos, continuada en el tiempo y conectada con sus inquietudes. Mientras el pueblo despliega recursos, eventos y programación para otros públicos, una generación entera aprende a convivir con el vacío y con la sensación de que sus necesidades lúdicas siempre pueden esperar. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser el entretenimiento y pasa a ser la posición que se le concede a la juventud dentro del proyecto colectivo.
Calp se vende al mundo como un destino vivo, activo durante todo el año, capaz de ofrecer experiencias para públicos diversos. Una postal cuidada que funciona hacia fuera, pero que empieza a resquebrajarse cuando se mira hacia dentro, especialmente cuando la mirada se posa sobre los jóvenes. Porque no todas las generaciones encuentran su lugar en ese relato de éxito.
La falta de actividades estables, de alternativas reales de ocio y, en particular, de espacios vinculados al ocio nocturno, no es una queja aislada ni una moda pasajera. Es una conversación repetida, casi resignada, entre quienes han crecido aquí y entre quienes aún intentan hacerlo sin sentirse de paso. Jóvenes que no piden privilegios, sino opciones.
En Calp, ser joven implica moverse en un escenario estrecho. Un menú corto, previsible, sostenido por iniciativas puntuales o por propuestas privadas que no siempre están al alcance de todos. La ausencia de una programación pensada con continuidad y con ambición condena el ocio juvenil a la improvisación… o a la carretera. Porque cuando el plan siempre está fuera, el vínculo con el pueblo empieza a romperse.
Las consecuencias no se limitan al tiempo libre. Afectan al arraigo, a la identidad y a la forma en la que una generación se relaciona con su entorno. Cuando la cultura, el ocio y la noche se viven sistemáticamente en otros municipios, Calp deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en un lugar funcional: se duerme, se trabaja y se espera. Esperar a tener edad, dinero o razones para marcharse.
Y no, no todo es casualidad. La gestión pública en materia de juventud tampoco ha sabido, o querido, leer esta realidad. Tras siete años en las mismas manos, no hay proyecto, ni agenda reconocible, a pesar del impulso de un Youth Club convertido en oportunidad perdida. Acciones aisladas, pocas, que pasan sin dejar huella, sin pena ni gloria, evidenciando una dependencia casi absoluta del impulso comarcal de la Xarxa Jove de la MACMA o de programas autonómicos del IVAJ. Sin estrategia propia. Sin mirada local. Mientras tanto, algunas iniciativas privadas intentan sostener lo que debería ser una política pública.
A todo ello se suma la agonía del ocio nocturno. Salir una noche en Calp se ha convertido en un ritual previsible: tomar algo por la tarde, una buena cena y, después, el vacío. “¿Y ahora qué?”. Esa pregunta, repetida una y otra vez, define mejor que cualquier estadística la experiencia de muchos jóvenes. Un karaoke puede ser divertido una vez. Dos, aceptable. A la tercera, simplemente confirma que no hay mucho más.
El impacto tampoco es menor en clave turística. Un destino sin opciones para jóvenes y que se apaga al caer la noche pierde atractivo, pierde relato y pierde futuro. La experiencia lo demuestra: jóvenes que llegan a Calp, pasan varias noches y se marchan con la conclusión clara que no volverían a elegirlo. No es una crítica sofisticada. Es una sensación. Y las sensaciones, en turismo y en la vida, pesan.
La comparación resulta inevitable cuando se observa lo que ocurre en el entorno más cercano. Sin salir de la Marina Alta, Dénia y Xàbia, gobernadas por opciones políticas distintas, coinciden en algo esencial: la juventud forma parte de su agenda. Programaciones estables, ciclos culturales, comedias, actividades lúdicas, propuestas creativas y una oferta de ocio nocturno activa durante todo el año, diferenciada y coherente con la identidad de cada municipio. Dos modelos distintos, sí, pero con un denominador común: entender que invertir en ocio juvenil es una apuesta de futuro.
Si se amplía la mirada hacia la Marina Baixa, el contraste se acentúa aún más. L’Alfàs del Pi se ha consolidado como un referente comarcal gracias a una programación juvenil constante, diversa y bien estructurada, mientras que La Nucía ha convertido el ocio, el deporte y las iniciativas dirigidas a jóvenes en uno de los ejes de su modelo municipal. No son municipios más grandes ni con más recursos extraordinarios, sino localidades que han decidido escuchar, planificar y actuar.
Calp tiene juventud. Tiene espacios. Tiene potencial. Lo que sigue faltando es voluntad, planificación y escucha. Seguimos sin una apuesta decidida para que esa generación deje de sentirse invitada temporal en su propio pueblo.
Quizá lo más honesto sea admitir que no se está a la altura. Salir y cerrar la puerta. No sin antes dirigirse al pueblo y decir sin rodeos: “Lo siento, jóvenes, por no haberos escuchado a tiempo. Lo siento por haber confundido silencio con conformidad”.
Y yo lo siento también… por todos nosotros.
Juan José Martínez Sendra
Jefe de Redacción en www.calpdigital.es



























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